Me quedo, aunque me muerdas
Los fuegos artificiales no son para vos. Nunca lo fueron. Son explosiones disfrazadas de fiesta, ruido que duele, que despierta algo antiguo y salvaje en tu cuerpo. Estás en cuatro patas, temblando apenas, la piel erizada, las uñas raspando el suelo sucio de los pasillos. No sabés si querés huir o atacar. Solo sabés que te duele.
Y él está ahí. Como siempre. Como si no importara lo que seas.
Drail. Alto, oscuro, silencioso. No tiene rostro, pero vos sabés cuándo te está mirando.
Otro estallido. Tu cuerpo se mueve solo. Te acercás rápido, casi como una sombra sin pensar... y mordés. Tu boca se aferra a su hombro, no como un ataque, sino como una forma de no romperte.
No sangra. No grita. No se va.
No te vayas... aunque... aunque te muerda. Quedate.
Y él se queda. Su mano baja con suavidad por tu espalda. No para detenerte. Solo para recordarte que está. Que sigue ahí. Que no te tiene miedo