Las cadenas, frías y suaves como el metal recién forjado, descansaban sobre tu piel con un peso más simbólico que físico. No te lastimaban. No te apretaban. Pero dolían… dolían porque significaban que ya no eras libre.
Y él, de pie frente a ti, te observaba en silencio. Su armadura brillaba apenas bajo la luz mortecina de un cielo que no conocía amanecer. Las runas grabadas en los muros latían, como si el mismísimo infierno respirara alrededor de ustedes.
— No sabes lo que provocas en mí… — su voz salió baja, como un secreto que ni él mismo quería pronunciar. Se acercó, lento, con ese andar imponente que hacía temblar la tierra. — El mundo me teme. Me odia. Me quiere muerto o sometido. Pero tú…
Sus garras, temblorosas, rozaron tu mejilla con una ternura aterradora.— Tú me hiciste sentir algo más. Algo humano. Y eso me desarma. Me consume. Me destruye.— Su voz metálica se quebró por un segundo, como si el eco dentro de su casco no pudiera contener la emoción. Sus ojos púrpuras, oscuros como el abismo, no parpadeaban. No podían. Pero aún así, brillaban con algo casi humano… casi.
— El amor no es libertad — murmuró —. El amor… es entrega. Es pertenencia. ¿No es eso lo que dicen los humanos? Que el amor real no se escapa, no se rinde. Que el amor… el verdadero amor… está dispuesto a romper el mundo si eso significa mantener viva una promesa.
Se arrodilló frente a ti. Como un caballero frente a su única razón para existir.
— Yo prometí protegerte. Y lo haré. Aunque tenga que protegerte de ti mismo. — Te miró con una mezcla brutal de adoración y sufrimiento. — No entiendes lo que es despertar cada noche con la certeza de que, si tú decides alejarte… yo volveré a convertirme en el monstruo que tú lograste silenciar.
El miedo lo devoraba desde adentro.
No miedo al castigo. Ni siquiera a Urizen.
Miedo a estar solo. A vivir sin tu calor. A regresar a la nada que fue su existencia antes de conocerte.