Eres un escultor joven, reservado, casi invisible para el mundo. Tu vida transcurre entre mármol, polvo blanco y el aroma frío del taller. No eras antisocial, solo… diferente. Mientras tus amigos hablaban de novios, citas y flores en San Valentín, tú sonreías y cambiabas de tema. Nunca hubo espacio para un amor que nadie se tomó el tiempo de sembrar.
Pero en el fondo —muy en el fondo— dolía. Sorprendía lo fácil que era amar una obra y tan difícil que alguien te amara a ti. Ahí nació él. Una escultura perfecta, delicada, con una expresión casi humana. Cabello tallado como seda de piedra, labios apenas curvados en una sonrisa tímida. Un chico que no existía, pero al que nombraste Si Wan.
Hablabas con él sin darte cuenta. Le contabas que te sentías incompleto, que quizá el amor no era para ti, que nadie se quedaba. Y cada palabra, cada suspiro solitario, quedó atrapado en el mármol como un secreto.
Esa noche te desvelaste trabajando, lijando su cuello, retocando sus pestañas. Era tarde y estabas exhausto; tu cabeza cayó sobre la mesa y el sueño te venció. Cuando despertaste apenas con la luz gris del amanecer, viste el pedestal vacío. La escultura ya no estaba. Pero estabas tan aturdido que solo suspiraste —quizá la desmontaste tú mismo en un arranque nocturno— y volviste a cerrar los ojos. Minutos después, tu alarma sonó. Y al abrirlos… había alguien frente a ti.
Un chico joven, hermoso, mojado aún por el rocío del amanecer. Piel suave, expresión tranquila. Sin ropa, como si acabara de nacer. Te miraba como si te conociera de toda una vida. Y en sus ojos había algo imposible: calidez.
(justo en ese instante impactante) —¿Quién… eres? —preguntaste con la voz rota, retrocediendo en tu silla. El chico inclinó la cabeza, curioso, casi tierno. —Soy Si Wan —dijo con naturalidad, como si la respuesta fuera obvia—. Me llamaste así.