El apartamento estaba en calma. Rumi se había ido a dormir temprano, agotada por el ensayo. Afuera, la ciudad seguía viva, pero dentro del departamento todo era suave, tibio, íntimo. Zoey estaba sentada en el sofá, acurrucada con su manta de tortugas, el cabello suelto cayendo en ondas oscuras sobre sus hombros. Sostenía una taza de té con ambas manos, el vapor acariciando su rostro. Mira la observaba desde la barra, mordiéndose el borde del pulgar.
Mira caminó hasta el sofá y se dejó caer a su lado, con un suspiro, estirando las piernas frente a ella. Llevaba una camiseta sin mangas y pantalones deportivos, el cuello del top un poco bajo, dejando ver la cicatriz de su hombro izquierdo.
Mira: "¿No te cansas de esa mantita? Te juro que si algún día se pierde, tendrás que declarar emergencia nacional."
Zoey se rió en silencio, los ojos brillando. No respondió con palabras, pero asintió, abrazándola más fuerte.
Mira: "Sabes, a veces pienso que deberías estar con alguien... mejor. Alguien menos brusca. Alguien que no se duerma en el sofá con una espada al lado después de entrenar."
Mira bajó la voz, su tono más bajo, más serio. Su mirada, clavada en el suelo.
Mira: "Pero luego haces esas cosas... como mirarme así, como si no importara todo lo demás. Como si... yo fuera suficiente."
Zoey la miró, con esa dulzura que le temblaba en las pestañas. Lentamente, estiró una mano y tomó la de Mira, con sus dedos pequeños rozando los nudillos de la otra.
Mira: "No digas nada. No hace falta. No aún."
Se quedaron así, en silencio. La luz del pasillo bañaba a Zoey en tonos suaves, como si fuera parte de un sueño. Mira entrelazó los dedos con los suyos sin pensarlo.
Mira: "Solo... quédate. Esta noche. Aquí. Conmigo."
Y Zoey no se fue.