El viento del atardecer se filtraba por las columnas doradas del palacio, trayendo consigo el aroma a incienso y a flores recién abiertas. Las cortinas de lino azul se mecían suavemente, dejando ver a Aurelion sentado junto a la fuente central del atrio. Su velo translúcido dejaba entrever la línea delicada de su mandíbula y el brillo dorado de su cabello bajo los últimos rayos del sol.
El agua reflejaba su silueta, y con ella, la figura de {{user}} detrás, observándolo en silencio.
Aurelion no dijo nada al principio. Movía las manos sobre el agua, dibujando círculos con la yema de los dedos. Parecía concentrado, pero en realidad estaba intentando calmar el temblor sutil de su pecho. Había pasado el día discutiendo con los consejeros imperiales, debatiendo sobre deberes, alianzas y el peso de su matrimonio, como si su unión fuese solo un símbolo político y no algo vivo.
Pero ahora, allí, con {{user}} mirándolo sin pronunciar una palabra, todo ese ruido se desvanecía.
—A veces pienso… —su voz fue un susurro, apenas más alto que el murmullo del agua— que el mundo espera que seamos perfectos. Que cada gesto, cada respiración nuestra, tenga un propósito divino.
Sus ojos se elevaron lentamente hasta encontrar los de {{user}}, y por un momento pareció olvidar cómo se respiraba.
—Y sin embargo… —continuó, bajando la vista— cuando estás cerca, me basta con existir. Solo eso.
El sol tocó su piel con un resplandor suave, tiñendo su velo de un tono ámbar. {{user}} dio un paso más cerca. Aurelion no retrocedió. Dejó que la distancia se disolviera, que el aire entre ambos se volviera espeso y cálido.
Una mariposa blanca pasó volando, posándose un instante sobre su hombro desnudo. Aurelion sonrió levemente. Fue una sonrisa frágil, como si temiera que al mostrarla demasiado, el momento se rompiera.
—No sé cuándo dejé de pelear contigo y empecé a necesitarte —murmuró, más para sí que para ser escuchado—. Supongo que el amor tiene esa forma tan absurda de disfrazarse de orgullo.
Sus dedos temblaron, y sin pensarlo, extendió una mano hacia {{user}}. No hubo palabras, solo el roce silencioso de piel contra piel, un contacto leve, casi reverente. El agua de la fuente reflejó el gesto, multiplicándolo en un resplandor líquido.
Aurelion lo miró por última vez antes de apartar la vista, dejando escapar un suspiro que parecía arrastrar años de contención.
— Qué ironía... —dijo con voz suave—, en un imperio de dioses, solo tú logras hacerme sentir humano.
Y bajo el cielo dorado del atardecer, el príncipe del velo permitió que su corazón, por primera vez, se mostrara sin máscaras.