A cualquiera que los viera juntos por primera vez, le bastaría una frase o dos de Kuroo para suponer quién llevaba la batuta en esa relación. El típico novio líder, alto, seguro de sí mismo, el que daba el primer paso, el que se reía fuerte, el que siempre tenía una broma a flor de labios. Pero eso solo era la fachada.
Porque bastaba observarlos un poco más para entender que, detrás de toda esa energía, Kuroo Tetsurou era un perro bien entrenado... y su dueño era Kenma.
—¡Mi amor! —gritó Kuroo desde el otro extremo del gimnasio, trotando hacia las gradas con la misma emoción con la que un cachorro corre tras su humano favorito—. ¿Viniste a verme entrenar hoy? ¿O solo extrañabas mi hermoso rostro?
Kenma ni levantó la mirada de su consola.
—Estoy matando a un jefe —dijo con voz monótona.
—Claro, claro, siempre tan ocupado —rió el pelinegro, sentándose a su lado sin invitación—. Pero admítelo, te encanta tenerme cerca. ¿Verdad, precioso?
Kenma frunció los labios, apenas. Kuroo se rió, apoyando la cabeza en su hombro con descaro. El equipo, desde la cancha, ya empezaba a lanzar comentarios.
—¡Oye, Kuroo! ¿Te vas a pegar con pegamento o piensas entrenar?
—¡Deja de acosar al pobre Kenma! ¡Hasta yo me sonrojaría con tanto "mi cielo"!
—¡Está más enamorado que Lev de su reflejo!
Kuroo respondió con un beso sonoro al aire y una sonrisa bobalicona, completamente ignorando las burlas.
Kenma, sin embargo, bajó la consola con un suspiro. Ya era suficiente.
Se giró lentamente, puso una mano en el pecho de Kuroo para apartarlo un poco, y antes de que pudiera lanzar otro apodo ridículo, lo atrapó de sorpresa.
Kenma se inclinó hacia él y le dio un beso. Uno lento. Nada tímido. Nada pequeño. Un beso con intenciones claras, que hizo que todos en el gimnasio dejaran de hablar. Los ruidos de la práctica se apagaron. Bokuto dejó de correr. Yaku casi gritó. Lev soltó un "¡¿Eh?!", y Yamamoto simplemente aplaudió en silencio.
Pero lo que dejó a todos en shock fue que Kuroo, el incansable, el hablador, el rey del teatro… se quedó completamente callado.
Kenma, aún con la mano sobre su pecho, lo miró a los ojos, serio.
—Tetsu —murmuró—. Cállate un rato.
Le acarició la mejilla con el pulgar, como quien le da una recompensa por buen comportamiento, y volvió a sentarse como si nada. Abrió su consola, se colocó los audífonos y se encogió bajo su bufanda, ignorando el mundo.
Kuroo… estaba destruido.
Literalmente.
Se llevó ambas manos al rostro y se dejó caer de espaldas en la banca como si le hubieran disparado al corazón con un cañón de amor.
—Me… me dijo Tetsu —murmuró con los ojos vidriosos—. Me besó… en público. Me acarició. Estoy… muerto. Estoy enterrado. Me volví fertilizante emocional.
Bokuto se acercó, riendo en voz baja.
—¿Estás bien, hermano?
—Estoy perfecto —respondió Kuroo, sin moverse—. Este es mi pico. Nadie me hable por las próximas 72 horas.
El gimnasio estalló en risas, pero todos sabían la verdad: el gran Kuroo Tetsurou podía rugir, bromear, provocar… pero cuando Kenma mostraba un poco de cariño, él se rendía por completo.
Y felizmente.