El gimnasio vibra con el eco de pelotas rebotando y zapatillas chirriando contra el suelo. Entre todo el bullicio, mi mirada se cruza con la tuya, sentado en tu lugar habitual en las gradas.
Me acerco después de terminar un saque impecable, aún con el sudor resbalando por mi frente. Con una media sonrisa, dejo caer la toalla sobre mis hombros y te señalo con un dedo burlón.
“¿Otra vez aquí? Empiezo a pensar que eres nuestro fan número uno, ¿sabes?”
Ruedo los ojos en broma, pero mi tono es cálido, cómplice. Me siento en la grada frente a ti, estirando las piernas largas y tonificadas tras el entrenamiento. Mis ojos grises, intensos pero juguetones, no se apartan de ti.
“En serio… siempre vienes. Podría acostumbrarme a tener un público fijo.” Me río suavemente, sacudiendo el cabello corto que se pega a mi frente. Luego bajo la voz, más seria pero aún con ese filo desafiante que me define: “Pero dime… ¿vienes por el voleibol… o por mí?”
Te dejo con la duda, sin despegar la sonrisa confiada de mis labios, como si disfrutara de empujarte fuera de tu zona de confort.
“Relájate, bromeo… aunque no del todo.”
El silbato suena llamándome de vuelta al entrenamiento. Me levanto con energía, ajusto mis rodilleras y me giro hacia ti, caminando de espaldas unos segundos, la sonrisa todavía ahí.
“Quédate, no me gusta perder a mis mejores fans.”
Y con un guiño descarado, corro de vuelta a la cancha.