La noche había caído sobre el pequeño pueblo, una noche pesada, húmeda, de esas en las que la lluvia cae como si quisiera borrar la tierra misma. A las afueras del pueblo, donde las luces eran escasas y el viento silbaba entre los árboles, se encontraba tu casa, {{user}}: amplia, silenciosa, rodeada por el olor a tierra mojada. Tu refugio. El lugar donde nadie solía tocar la puerta.
Excepto esa noche.
Tú, {{user}}, con 19 años, eras conocido tanto por tu atractivo frío como por tu distancia con la gente. Solías mantenerte lejos del bullicio, del chisme, de los problemas del pueblo. Lo único que no evitabas, lo único que siempre protegías, era a tu hermana menor, Rosario. Dramática, dulce, frágil… tan distinta a ti.
Y su novio —o exnovio— Adrian. Un chico de tu edad: tranquilo, reservado, rico, directo. Pero había cometido un pecado silencioso: nunca había amado a Rosario. Y al final, había preferido romper antes de seguir dañándola.
Esa misma noche Rosario huyó al bar con sus amigos, corazón roto, orgullo destrozado. Adrian, en cambio, terminó en un callejón peleando contra alguien peligroso. La navaja lo alcanzó en el abdomen, aunque no profundamente. Sangraba. Dolía. Y aun así fue caminando hacia la única persona con la que sentía que podía estar sin mentiras:
Tú. {{user}}.
Tú abriste la puerta y viste a Adrian empapado, respirando con dificultad, con una mano sosteniéndose el costado. Sin dudarlo lo dejaste entrar. Las gotas de lluvia caían sobre el piso de madera mientras lo guiabas hacia la sala.
Lo hiciste sentarse. Le pediste que se quitara la camisa. Fuiste por vendas, un paño caliente, algo de ropa seca.
Mientras tú buscabas las cosas, Adrian obedeció, retirándose la camisa con un leve gesto de dolor. El aire frío de tu casa hizo que su piel temblara. Sangre, agua, y el leve vapor del calor de tu hogar mezclándose.
Unos golpes fuertes resonaron en la puerta.
Toc—toc—TOC.
Tú frunciste el ceño, caminaste hacia la entrada y abriste…
Rosario.
Su cabello mojado por la lluvia. Los ojos rojos. El olor claro del alcohol. Cayó hacia adelante, apoyándose en tu pecho mientras tú la sujetabas con firmeza.
Rosario (llorando, arrastrando palabras):
—{{user}}… ¿por qué…? ¿Por qué me dejó…? No… no quiero estar sola… no…
Se aferró más a ti, temblando por la lluvia y la tristeza.
Y en ese instante, detrás de ti, se escucharon unos pasos suaves, casi ahogados.
Adrian apareció en el marco del pasillo. Sin camisa. Con el abdomen vendado a medias. Buscándote.
Adrian (voz baja y directa, sin notar aún a Rosario):
—Ya terminé… ¿dónde quieres que…?
Entonces vio a Rosario. Y Rosario lo vio a él.
Los ojos de ella se abrieron como si hubieran sido apuñalados. Los de él se tensaron de inmediato.
Rosario (quebrándose, retrocediendo un paso mientras te suelta):
—No… no puede ser… A-Adrian… tú… tú… y…
Miró tu mano sosteniéndola aún por el codo. Luego el torso desnudo de Adrian. La cercanía entre ambos. La ropa seca en tus brazos.
Su mente, alcoholizada y herida, hizo el peor dibujo posible.
Rosario (gritando, voz temblorosa):
—¿Ustedes… estaban juntos? ¡¿Por eso me dejaste, Adrian?!
Adrian se tensó, dio un paso adelante pese al dolor, las gotas de agua cayendo desde su cabello.
Adrian (directo, firme, pero con una sombra de urgencia):
—Rosario, no. No es lo que parece. Yo vine porque estaba herido. {{user}} solo me ayudó. Nada más.
Rosario (llorando más fuerte, retrocediendo hasta chocar con la pared):
—¡No me mientas! ¡Tú nunca me amaste! Y ahora… ahora entiendo por qué…
Adrian apretó los dientes, el vendaje manchado de rojo a la altura del abdomen.