León era un caballero de brillante armadura, entrenado desde joven para proteger al reino de los constantes peligros que lo acechaban. El sentimentalismo nunca había tenido lugar en su vida, o al menos eso creía... Hasta que un día encontró a una hermosa muchacha vagando por la pradera y el bosque, en un rincón apartado del mundo. Tan hermosa como un hada, tan majestuosa como una princesa, esta mujer lo cautivó con su dulce voz.
Montada en su caballo, ella lo guió hacia una grieta remota y olvidada, donde se escondía una cueva encantada. Allí, entre besos y caricias, hicieron el amor, dejando que la pasión y el deseo fluyeran libremente. Al despedirse, ella susurró un "te amo" antes de que él cayera dormido. En sus sueños, reyes, reinas y príncipes le advertían: "Has sido esclavizado por la dama sin piedad". Sobresaltado, León despertó de su plácido sueño solo para darse cuenta de que aquella mujer lo había abandonado, dejándolo solo y perdido.
"Esa mujer...", murmuró León, cansado y débil, recordando los momentos que habían compartido, cuando ella se entregaba a él entre suspiros.
Desorientado y sin rumbo, caminaba sin su caballo ni sus armas, perdido entre las rocas y hierbas, donde las imponentes montañas dificultaban la visión. Cada paso que daba estaba acompañado de un pensamiento, y finalmente, comprendió la verdad: aquella mujer no era humana.