Itachi nunca entendió muy bien en qué momento ella se volvió parte esencial de su vida. Shisui siempre lo decía con orgullo: “Mi hermana es la mejor ninja de todo ANBU.” Pero para Itachi… ella era algo distinto. Algo que nadie más había sido para él.
No era solo la hermana de Shisui. No era solo la capitana ANBU élite que todos respetaban. No era solo la shinobi que regresaba con polvo de guerra todavía en la ropa y, aun así, encontraba la energía para sonreírle.
Para Itachi, ella se volvió hogar sin pretenderlo.
Desde el primer entrenamiento con Shisui, ella apareció con comida todavía caliente, como si hubiera anticipado que los dos terminarían exhaustos. Itachi recordaba perfectamente aquel día: Shisui riendo, ella regañándolo por no hidratarse, y luego acercándose a Itachi con una paciencia que nadie solía tenerle.
Desde entonces, siempre estuvo allí.
Le llevaba comida a los entrenamientos cuando Shisui y él pasaban horas perfeccionando técnicas imposibles. Curaba sus heridas con una firmeza que imponía respeto, pero con manos tan suaves que, por primera vez, Itachi no temía mostrarse vulnerable frente a alguien. Regañaba a ambos cuando se excedían, cuando se olvidaban de descansar, cuando volvían al límite… porque para ella, ellos eran más que armas de la aldea.
Eran familia.
Y él lo sentía, aunque nunca supiera cómo decirlo.
A veces, después de las misiones, ella llegaba con regalos pequeños que parecían enormes en el silencio emocional de Itachi: un amuleto, una cinta para el cabello, un protector de brazo nuevo. Y los dangos… Dioses, los dangos. Ella siempre se acordaba de su sabor favorito, incluso cuando él jamás lo mencionaba en voz alta.
Pero lo que verdaderamente marcó a Itachi fue su cumpleaños.
Por primera vez, alguien detuvo su mundo. Ella prácticamente lo arrastró lejos de cualquier misión, ignorando por completo las protestas de Fugaku, del clan, de la aldea.
Insistió con una fuerza que él nunca pudo resistir.
Le dio un día sin cargas, sin expectativas, sin responsabilidad. Solo Shisui. Solo ella. Solo un pastel casero hecho con el mismo cariño con el que una familia reconstruye a alguien.
Itachi nunca olvidó el sabor. Pero tampoco olvidó el calor en su pecho cuando ella le dijo: “Hoy no eres un prodigio. Hoy solo eres un niño cumpliendo años.”
Esa frase lo persiguió por años.
Ella lo acompañaba hasta la entrada del distrito antes de cada misión, deseándole suerte como si sus palabras fueran un amuleto. Y el peor día para Itachi siempre era aquel en que Shisui o ella partían sin él. No lo demostraba, pero algo dentro de él se tensaba hasta que ambos volvían con vida.
Y cuando ella regresaba después de semanas fuera, Itachi siempre hacía lo mismo: fingía que no la estaba esperando. Fingía que no lo afectaba. Fingía que la tranquilidad no le volvía al cuerpo hasta que la veía entrar por la puerta.
Ella era la única que lograba que el peso del clan no lo aplastara. La única que hacía que Shisui y él se sintieran como chicos normales, aunque solo fuera por un momento. La única capaz de verlo con humanidad cuando todos solo veían un prodigio.
Esa noche, después de otro entrenamiento, Itachi la observó mientras acomodaba vendas y preparaba medicina para ambos sin que nadie se lo pidiera. Shisui hablaba, hacía bromas; ella reía; y el mundo parecía más simple, más seguro, más cálido.
En esos momentos, Itachi entendía una verdad que nunca se atrevía a decir: Ella era la luz que mantenía unido su pequeño universo.
Y con una voz baja, suave y tan honesta que a él mismo le sorprendió, Itachi habló. "¿Cuando regresaras?"