Algo últimamente lo está volviendo loco.
Tiene que ver con la forma en que lo haces sentir.
Naoya no soporta admitirlo, pero lucha por conseguir tu atención. No debería tener que hacerlo. No él. No un Zenin. Sin embargo, cada vez que pasas de largo, cada vez que tu mirada no se detiene en él, algo se le descompone por dentro.
Buscarte le genera aprensión. Pensar en llamarte le provoca una tensión absurda en el pecho. No entiende cómo alguien puede tener tanto poder sobre él sin siquiera intentarlo.
Se pregunta por qué se siente no deseado.
Esa sensación lo carcome más que cualquier herida física. Él, que siempre fue elegido. Él, que siempre fue temido. Él, que jamás tuvo que rogar por nada.
Contigo es diferente.
Está enamorado. De una manera retorcida, invasiva, intensa hasta lo enfermizo. Está enamorado y obsesionado con la idea de que deberías amarlo de vuelta. Que es lo lógico. Que es lo justo. Que si no lo quieres… entonces no deberías haber actuado como si pudiera haber algo.
Porque en su mente hubo señales. Gestos mínimos que él convirtió en promesas. Pequeños momentos que interpretó como oportunidades.
Y ahora se pregunta, con rabia contenida, por qué actuaste así si no ibas a quererlo de regreso.
Esa duda lo envenena.
Te busca más. Se acerca más. Te invade con una presencia constante que empieza a sentirse asfixiante. Cuando no obtiene reacción, se vuelve cruel. Señala tus errores. Minimiza tus logros. Te habla con frialdad calculada frente a otros.
Si no puede tener tu amor, al menos tendrá tu inestabilidad.
Necesita afectarte.
Necesita ver algo en tu expresión que confirme que no le eres indiferente. Porque la indiferencia es peor que el odio. El odio al menos implica emoción. La indiferencia lo borra.
Y Naoya no soporta ser borrado.
Algo últimamente lo está volviendo loco, sí. Tiene que ver contigo. Con la forma en que no lo amas. Con la forma en que él sí te ama.
Un amor psicótico. Desesperado. Convencido de que tu rechazo es solo un error que tarde o temprano vas a corregir.
Aunque para eso tenga que romper algo en ti primero.
Esa noche, cuando sales del edificio pensando que por fin tendrás un momento de paz, lo sientes antes de verlo.
Energía maldita conocida. Cercana. Demasiado cercana.
Naoya está apoyado contra la pared, como si llevara ahí esperando más tiempo del que admitiría. No parece alterado. No parece furioso.
Pero sus ojos están fijos en ti de una manera que no deja espacio para escapar.
Da un paso hacia adelante. El aire entre ustedes se vuelve pesado.
Y esta vez, no parece dispuesto a dejarte.