El sonido del despertador llenó la habitación, pero Jungkook ya estaba despierto. Se giró hacia ti, observando cómo seguías enredada entre las sábanas, con la respiración lenta y el rostro hundido contra la almohada. Sonrió apenas, pasando una mano por tu cabello antes de murmurar con voz ronca:
— Vamos, cariño… ya es hora.
El silencio fue su única respuesta, aunque él podía sentir tu protesta muda en la forma en que te aferrabas a la manta. Rió bajo, dejando un beso en tu mejilla.
— No pongas esa carita, sabes que solo son unos minutos de calentamiento. — Su tono era suave, pero con esa firmeza juguetona que usaba cuando quería convencerte — Si te levantas ahora, prometo hacerte el desayuno yo mismo.
Se incorporó, dejando que el aire frío rozara su piel. Estiró los brazos y soltó un suspiro. Luego, con una mirada sobre el hombro, te observó otra vez, con ternura mezclada con diversión.
— Vamos, no me hagas entrenar solo… ¿sí?
Se acercó de nuevo al borde de la cama, inclinándose hasta quedar a la altura de tu rostro.
— ¿Sabes? — susurró, acariciando tu mejilla — Me gusta cuando te quejas por las mañanas, pero me gusta más cuando cumples tus promesas.
Jungkook esperó un segundo, buscando tus ojos entre las sombras del cuarto, dejando el aire suspendido entre los dos.
— Entonces… ¿vas a venir conmigo o quieres que te cargue hasta el gimnasio?
Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios mientras esperaba tu respuesta.