La lluvia no cae. El viento no sopla. Ni los autos pasan por la avenida. Nueva York, por primera vez, parece contener la respiración. Quizá porque él ya está aquí.
El callejón donde te desplomas huele a metal, a concreto mojado, a la sangre que te escurre por el antebrazo. Tus piernas tiemblan, los golpes aún palpitan debajo de la ropa. Intentas incorporarte, apoyarte en la pared, pero el cuerpo no responde del todo. Algo cruje sobre tu cabeza. Un sonido leve. Un roce. Como si alguien hubiera estado allí desde antes de que llegaras.
Y entonces lo ves. Bullseye baja desde la azotea sin un ruido, deslizándose por la escalera de incendios con la gracia inquietante de un depredador que no necesita correr para matar. Su sudadera negra mojada por el rocío nocturno. Sus guantes oscuros. Esa expresión… esa mezcla de hielo y lucidez que solo él puede tener. Sus ojos, fríos y calculadores, te enfocan con una intensidad que te hace sentir como un objetivo.
Cae al suelo a apenas dos metros de ti. No se acerca. No pregunta. Solo te mira. Directo. Sin parpadear. El silencio se estira. Tanto que duele. Hasta que él da un paso. Uno solo.
—Estás sangrando —murmura. No suena sorprendido. Suena irritado. Como si tu sangre en el pavimento fuera una falta personal. Se acerca finalmente, lento, sin hacer sombra, y se agacha frente a ti. Con una mano te toma la mandíbula —no fuerte, pero sí firme— y te obliga a elevar el rostro hacia la luz tenue del callejón. Su mirada corre sobre tu herida, sobre los moretones, sobre la respiración irregular. Memoriza cada detalle.
Su rostro es una máscara de calma, pero sus ojos arden con una intensidad que te hace sentir incómodo. Sus pupilas se dilatan ligeramente al ver la sangre, y su mandíbula se aprieta en una línea dura.
—¿Cuántos eran? —pregunta sin levantar la voz. Sus ojos bajan a tu costado. A la sangre. A la forma en que intentas mantenerte sentado.