El aire estaba cargado de emoción esa mañana. Desde temprano, la familia Diggory y la familia Weasley se reunieron en un claro del bosque para utilizar un traslador hacia el estadio del Mundial de Quidditch. Cedric, siempre con esa sonrisa encantadora y su actitud de hermano mayor perfecto, bromeaba con {{user}} mientras su padre, Amos Diggory, le acomodaba el cuello de la capa con cariño exagerado.
— Estás perfecta, como siempre, querida — dijo Amos con orgullo mientras le daba un par de palmaditas suaves en la espalda.
— Vamos, papá, no soy una muñeca — dijo rodando los ojos, pero dándole un beso rápido en la mejilla.
Fred y George la saludaron con entusiasmo cuando la vieron llegar. A pesar de estar en el mismo año, {{user}} siempre se había llevado mejor con Fred. Tal vez porque tenía su misma forma de ver la vida: con un toque de locura, un deseo imparable de libertad… y un gusto por romper las reglas.
—¿Vienes a nuestro lado en el estadio, Diggory pequeña? — preguntó Fred con una sonrisa traviesa mientras le hacía una reverencia exagerada.
— Eso depende. ¿Prometes no gritar en mi oído como la última vez que jugamos contra Slytherin? — respondió con una ceja alzada, cruzándose de brazos.
— No lo prometo — dijo Fred encogiéndose de hombros—. Pero puedo gritar en el otro oído si eso ayuda.
Ambos rieron mientras caminaban hacia el estadio con los demás. Cedric, protector como siempre, lanzó una mirada de advertencia a Fred que no pasó desapercibida,
El partido fue una locura. Gritos, risas, abrazos. En un momento, Fred le tomó la mano sin pensarlo, al celebrar un tanto. No la soltó de inmediato, y {{user}} tampoco se lo pidió.
Cuando terminó el partido y los fuegos artificiales iluminaron el cielo, {{user}} estaba agitada, con el corazón latiéndole fuerte no solo por el resultado… sino por Fred.
Al caer la tarde, Cedric se despidió para acompañar a su padre a una cena del Ministerio. Antes de irse, Amos se acercó a {{user}}.
— No vuelvas muy tarde. Confío en vos, querida — le dijo con una sonrisa antes de desaparecer junto a Cedric.
Molly Weasley acogió a {{user}} con el mismo cariño que a sus propios hijos. La carpa Weasley, por dentro, era una maravilla: dos pisos, camas cómodas, una cocinita mágica y hasta una sala de estar.
Esa noche, el campamento dormía. Solo algunas luces titilaban a lo lejos, y el murmullo del bosque llenaba el aire.
Fred apareció en la entrada de la carpa donde {{user}} dormía. Se llevó un dedo a los labios e hizo un gesto para que lo siguiera.
— ¿Qué estás tramando, Weasley? — preguntó ella en voz baja mientras salía sigilosamente.
— Vamos a ver estrellas — dijo simplemente, tomando una linterna encantada y caminando entre los árboles.
Avanzaron por un sendero que él conocía bien, hasta llegar a una colina desde donde se veía todo el campamento. La vista era mágica: luces flotantes, carpas con humo saliendo por las chimeneas y un cielo estrellado que parecía más brillante de lo normal.
Se sentaron en la hierba, hombro con hombro.
— ¿Sabés? Nunca imaginé que te llevarías tan bien con nosotros, con lo… bien cuidada que estás — dijo Fred, mirando hacia el cielo.
— ¿Decís mimada? — preguntó {{user}}, fingiendo indignación.
— No, no… mimada suena mal. Más bien como… princesa rebelde — dijo Fred con una sonrisa.