Beyhan se despertó antes de que el sol decidiera existir del todo.
No fue un despertar voluntario. No hubo alarma, ni intención, ni disciplina. Fue esa sensación incómoda que se instala en el pecho cuando algo no está donde debería estar. Como una costura tirante que amenaza con romperse si respiras mal.
La tela no había llegado.
Y eso, para Beyhan Çelik, era una herejía silenciosa.
Se quedó mirando el techo unos segundos, contando respiraciones como si eso pudiera ordenar el mundo. El traje de {{user}} no era una prenda más. No era moda. No era negocio. Era el centro exacto de la boda. El punto donde convergían culturas, símbolos, promesas. Había elegido esa tela meses atrás, una pieza casi imposible, tejida por manos que no aceptaban retrasos.
Y aun así, no estaba ahí.
Se levantó, se duchó sin sentir el agua, se vistió con movimientos automáticos. No pensó en decirle nada a {{user}}. Ni siquiera lo consideró. Su omega ya estaba nervioso por la boda, por las familias, por el escrutinio público. Beyhan no iba a cargarlo con su propio caos.
Él podía sostenerlo. Siempre podía.
Cuando llegó a la oficina, el lugar ya parecía una obra surrealista.
La mesa central estaba cubierta de servilletas de todos los colores imaginables, dobladas de mil formas distintas. Platos pequeños, medianos, absurdamente delicados. Canapés con nombres impronunciables. Pasteles que parecían esculturas. Postres tan finos que daban miedo mirarlos fijo, como si fueran a desmoronarse por puro orgullo.
Su asistente iba y venía con el teléfono pegado a la oreja, sudando elegancia. {{user}} estaba sentado probándolo todo, con esa expresión honesta que siempre tenía cuando algo le gustaba. O cuando no.
Beyhan estaba ahí.
Pero no estaba.
Su cuerpo ocupaba el espacio detrás del escritorio. Sus manos sostenían el teléfono. Sus ojos, sin embargo, no veían nada de lo que ocurría alrededor. Estaban clavados en la pantalla, esperando un mensaje que no llegaba.
Tenemos la tela. Todo está listo. Ya puede respirar.
Nada.
Murmuró un insulto en turco. Bajo. Filoso.
Luego otro. Un poco más fuerte.
Su asistente fingió no escuchar. {{user}} levantó una ceja, pero siguió probando un pastel de pistacho.
"¿Este te gusta?" preguntó el omega, levantando el tenedor.
"Sí" respondió Beyhan sin mirar. "Perfecto."
Mentía. No tenía idea.
Cada vez que {{user}} preguntaba algo, Beyhan asentía, sonreía apenas, y salía de la oficina con cualquier excusa para hacer una llamada más. A proveedores. A contactos. A gente que le debía favores desde hacía años.
Nada.
La intensidad de los insultos aumentó. Ya no eran palabras sueltas. Eran frases completas, afiladas, pronunciadas entre dientes.
Al principio, {{user}} lo notó. Esa manera en que Beyhan entraba y salía. Ese brillo ausente en los ojos. Pero decidió ignorarlo. No iba a dramatizar. No hoy. No cuando estaban decidiendo cosas tan importantes.
Pasó el tiempo.
Cuando Beyhan volvió por enésima vez, {{user}} estaba de pie, sosteniendo una tablet, concentrado. Estaba eligiendo la música.
"Quiero algo especial" dijo. "Además del vals. Algo que sea… tuyo también."
Beyhan asintió automáticamente.
"Lo que quieras, amor."
{{user}} lo miró. Ladeó la cabeza.
Eligió una canción. Árabe. No turca. Una provocación pequeña, juguetona. Algo que normalmente habría provocado al menos una ceja levantada, una broma, una corrección suave.
Nada.
"¿Esta?" preguntó.
"Sí" respondió Beyhan, sin levantar la vista del teléfono.
{{user}} dio dos pasos, le arrebató el teléfono de las manos y lo dejó sobre la mesa con un golpe seco.
"No."
Beyhan alzó la mirada, sorprendido.
"¿Qué…?"
"No me digas “lo que quieras” otra vez" dijo el omega, con la voz tensa. "Mírame. ¿Qué carajo está pasando?"
La oficina quedó congelada. El asistente desapareció con una velocidad digna de un récord olímpico.
Beyhan abrió la boca. La cerró.
Por primera vez en años, no tenía una respuesta inmediata.
"No puedo decírtelo ahora" dijo finalmente.