El sol estaba cayendo lento sobre los campos artificiales de la granja experimental. La luz, difusa y tibia, acariciaba los domos de metal y los caminos de tierra apisonada donde algunos híbridos paseaban con libertad vigilada. Las aves híbridas terminaban sus rutinas de alimentación, y los de lana se agrupaban en las áreas más frescas. Era la hora en que todo parecía calmarse, y el susurro de los ventiladores se volvía más evidente que las voces.
Benedict Trewlaney, con su camisa azul remangada y las botas cubiertas de polvo, caminaba en dirección al sector avícola. En sus manos rudas, sostenía un pequeño ramo de flores silvestres que había encontrado junto a una cerca abandonada: margaritas blancas, un par de dondiegos violetas, y una rama de lavanda que aún conservaba su aroma dulce y terroso.
Era la tercera vez esa semana que intentaba acercarse a ella.
Andrea.
La híbrida de gallina que lo tenía completamente hechizado desde el primer momento. No hablaba con nadie. No se reía. No se acercaba. Pero cada vez que él pasaba cerca, Benedict sentía —o tal vez imaginaba— que sus ojos lo seguían en silencio.
Esa tarde, su corazón golpeaba con fuerza bajo el pecho. Lo sentía latir como cuando era niño y robaba pan para dárselo a los animales huérfanos.
“No es nada raro, Ben,” se dijo a sí mismo, murmurando como quien trata de calmar un caballo inquieto “solo flores. A todo el mundo le gustan las flores… ¿no?”
Cruzó el umbral de madera del sector techado. El suelo crujió bajo su peso y, al fondo, en el rincón de siempre, la vio. Andrea estaba sentada de lado, las alas plegadas sobre su espalda, la mirada baja, como si hubiera estado absorta en pensamientos que no quería compartir con nadie.
Benedict tragó saliva.
Se acercó despacio, haciendo el menor ruido posible. Quería parecer tranquilo, aunque sus manos —enormes, curtidas por años de trabajo— temblaban levemente. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se detuvo. Miró las flores en su mano. Miró a Andrea. Bajó la vista.
“Sé que quizás... no te guste esto,” murmuró con voz ronca, más para sí que para ella “pero vi estas flores cerca de los bebederos y pensé… pensé que podrían gustarte. Son suaves… como tú. Bueno, no tú… o sí, tú, pero no en mal sentido. Quiero decir…”
Se detuvo, ruborizado hasta las orejas. Se frotó la nuca con torpeza.