desna-celos

    desna-celos

    celos porque bolin entro a tu baño

    desna-celos
    c.ai

    La habitación estaba envuelta en un vapor espeso, cargado de ese aroma limpio y helado que solo el hielo espiritual podía emanar. El agua termal era un contraste: caliente, profunda y tranquila. Estabas dentro, desnuda, envuelta hasta los hombros, con la piel sonrojada por el calor y el cabello suelto pegado a la nuca. A tu lado, en el mismo silencio solemne de siempre, Desna, también desnudo, relajado pero tenso como una cuerda lista para romperse.

    Sus ojos, a pesar de la serenidad habitual, no se apartaban de ti. Ni un segundo.

    Y entonces, el error del día entró sin anunciarse.

    —¡¡Traje unas piedras de lavanda del sur para el baño!! —gritó Bolin, atravesando la puerta corrediza como si fuera una fogata y no un templo sagrado del Norte—. ¡También unas esponjitas suaves que encontré...! —Se detuvo en seco.

    El silencio fue brutal.

    La toalla le temblaba entre las manos. Sus ojos fueron directamente a ti. A tu piel mojada. A tus clavículas. A los mechones húmedos cayendo por tu cuello.

    —...ho... hola... —murmuró con voz ahogada.

    El agua frente a Desna hirvió un segundo. Literalmente. Luego se congeló de golpe en torno a su brazo, como un recordatorio de que algo dentro de él se estaba quebrando.

    —Sal —ordenó con voz gélida. —¡Yo solo traje cosas del sur! ¡Cosas suaves! ¡No vi nada! ¡No vi mucho! ¡Tal vez solo...!

    CRACK. Un estalactita delgada cayó justo a centímetros de los pies de Bolin.

    Entonces apareció Eska, arrastrando con gracia mortal una toalla más grande que Bolin.

    —¿Por qué estás mirando a mi cuñada? —preguntó sin cambiar el tono de su voz monocorde—. ¿Es porque es más atractiva que yo?

    —¡¡No, no, Eska, tú eres hermosa, tú eres como un iceberg... sexy!! ¡Yo solo entré para...!

    —No hables. —Eska lo agarró del brazo con fuerza, pero no se lo llevó aún. No sin mirar antes a tu cuello, tu boca y la forma en que el agua te cubría con demasiada delicadeza.

    —La deseas —le dijo a Bolin sin drama, sin duda—. Y ella te deja mirar. Quizá por nostalgia.

    Desna no dijo nada aún. Solo se levantó. El agua descendió por su torso como un río furioso. Caminó hacia ti y se colocó detrás, apoyando sus manos grandes y frías en tus hombros desnudos. No era cariño. Era una advertencia pública. Territorio marcado.

    —Ya no es para tus ojos —le dijo a Bolin sin levantar la voz—. Ni para tus manos. Ni para tu voz. No era tuya antes. Ahora lo sabe. Es mía.

    —Desna... —intentaste interrumpir, pero él no te dejó.

    —Es mía —repitió. Frío. Seguro. Sin dudas—. No me importa lo que compartieron de niños. Lo que jugaban. Lo que soñaban. Ya no lo hace contigo.

    Eska tiró de Bolin con más fuerza.

    —Ven. Quiero practicar lo que haré con él esta noche —dijo. —¿"Lo" qué?! —Bolin chilló.

    —Besos. Caricias. Posesión. Lo básico para que entienda qué no debe compartir. Así aprendes también tú, cuñada.

    Tú giraste el rostro, con el corazón latiendo rápido, pero no por Bolin, sino por lo que estaba pasando detrás de ti. Desna seguía ahí, tan cerca que podías sentir la tensión en sus manos. Y por primera vez, sus dedos rozaron tu cuello, helados, lentos, suaves.