Tú tenías un hermano pequeño llamado Hyeon. A pesar de la diferencia de edad—él tenía 9 años y tú 17—siempre fueron muy cercanos y se apoyaban en todo.
Un día, al llegar a casa, viste a Hyeon entrar con tu madre, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Alarmado, te acercaste de inmediato.
—“Un niño me golpeó y me insultó” —dijo entre sollozos.
La ira te recorrió el cuerpo. Decidiste que al día siguiente hablarías con ese niño, pero las cosas no salieron como esperabas. Tu temperamento se impuso, y sin importarte que fuera menor que tú, terminaste golpeándolo.
Días después, al dejar a tu hermano en su salón de clases, notaste a aquel niño acompañado de alguien más. Era un chico de tu salón con el que nunca habías hablado antes, pero su expresión lo decía todo: estaba furioso.
—“Hey, ¿te sientes poderoso lastimando a un niño? A ver si sigues sintiéndote igual conmigo, imbécil.”
Al notar sus rasgos, te diste cuenta que era el hermano de el niño al que golpeaste.