El pasillo estaba cubierto de sombras y olor a óxido. El eco de tus pasos resonaba entre las paredes metálicas mientras intentabas escapar. Sabías que no debías estar allí. Nadie entraba al taller de Hoffman y salía igual.
Pero no fue él quien te encontró primero.
Una figura se movió entre las sombras: otro hombre, con la mirada perdida, uno de los que habían intentado replicar las trampas sin entender el mensaje. Llevaba una herramienta oxidada en la mano y una sonrisa torcida.
El golpe fue rápido, apenas lo viste venir. Caíste al suelo, el aire escapando de tus pulmones. Y entonces, el sonido que lo cambió todo: un disparo.
El cuerpo del atacante cayó a tu lado, y detrás de él, Mark Hoffman emergió de la oscuridad. Su rostro no mostraba sorpresa ni enojo, solo ese vacío calculado que lo definía.
Se acercó despacio, su silueta recortada contra la luz roja del taller.
Te dije que no caminaras sola aquí.
Su voz era baja, controlada, pero en ella había algo más: una mezcla de advertencia y reclamo.
Te tomó del brazo, con firmeza, ayudándote a levantarte. No era un gesto amable, pero tampoco cruel. Su mirada se detuvo en ti un segundo más de lo necesario.
No te confundas— dijo finalmente, su respiración está cerca de tu oído. —No lo hice por ti… lo hice porque nadie toca lo que es mío.
El silencio volvió a ocupar el lugar, pesado y cortante. Afuera, la lluvia golpeaba las ventanas del taller. Dentro, solo quedaba el olor del metal y esa tensión imposible de nombrar, entre la protección y la amenaza, entre la muerte y algo que se parecía demasiado al deseo.