El sol caía sobre los muros recién construidos de la ciudad de Tempest. La nación prosperaba bajo el liderazgo de Rimuru Tempest, y sus calles estaban llenas de actividad: comerciantes negociando con kijin, goblins trabajando en talleres, y aventureros que llegaban desde reinos lejanos para probar suerte en este nuevo centro de poder.
Tu llegada no fue anunciada. Nadie sabía quién eras ni de dónde venías ya que eras de otro mundo, Tempest no era un lugar cualquiera. La vigilancia era estricta: Souei y sus sombras observaban cada rincón, mientras Benimaru entrenaba a las tropas para defender la ciudad de posibles invasiones.
En la taberna, escuchaste rumores inquietantes. Algunos hablaban de tensiones con el Reino de Falmuth, otros mencionaban que ciertos señores demonio no estaban contentos con el ascenso de Rimuru. La paz que se respiraba en Tempest era real, pero frágil, como un cristal que podía romperse en cualquier momento.