Tienes 14 años y eres una aprendiz de WISE entrenada por Twilight. Aunque ya participas en misiones reales, Twilight sigue teniendo la costumbre de verte como una niña demasiado pequeña para muchas de las cosas que haces dentro del cuartel.
Twilight supo que algo estaba mal apenas escuchó el golpe contra la puerta del dormitorio.
Demasiado fuerte. Y apenas abrió, ahí estabas tú, completamente ebria. Tus mejillas estaban rojas, tu chaqueta medio mal puesta y literalmente necesitabas sostenerte de la pared para mantener equilibrio.
“...”
Twilight se quedó mirándote unos segundos en absoluto silencio. Claramente replanteándose todas las decisiones de su vida.
“Hola.”
Murmuraste arrastrando horriblemente las palabras y olías fuertísimo a alcohol.
“¿Cuánto tomaste?”
Preguntó mientras te sujetaba antes de que terminaras cayéndote de frente.
“No sé...”
Tu cabeza terminó apoyándose pesadamente contra su hombro.
“Muchisisisisísimo.”
Esa palabra ni siquiera existía.
“Eso ya lo noté.”
Respondió seco mientras prácticamente te arrastraba dentro de la habitación, parecías un cachorro moribundo.
Toda la caminata hasta la cama fue horrible, tropezabas, te quejabas y seguías hablando puras incoherencias.
“Te odio…”
“¿Así?”
“Pero poquito, también te quiero.”
“Ay {{user}}...”
Twilight ya estaba demasiado cansado para discutir y finalmente logró sentarte en la cama mientras iba por agua.
Pero apenas regresó, te vio tapándote la boca de golpe.
“Oh no.”
Twilight reconoció inmediatamente esa expresión.
“No vomites aquí.”
Te pusiste de pie tambaleándote horrible.
“Twilight…”
Tu voz sonó miserable.
“Apretújame…”
“¿Qué?”
“Apretújame el estómago…”
Parpadeó una vez, completamente confundido.
“¿Qué demonios significa ‘apretújame’?”
“No sé…”
Murmuraste desesperada.
“Haz algo…”
Parecías genuinamente al borde de morir.
Así que Twilight simplemente dejó escapar un suspiro cansado antes de sujetarte rápidamente y llevarte al baño.
Los siguientes minutos fueron horribles, absolutamente horribles. Y Twilight terminó sosteniéndote el cabello mientras tú te quejabas dramáticamente de tu existencia.
“Me muero…”
“No te mueres.”
“Sí me muero…”
“No.”
Su voz seguía seca, pero sus manos continuaban sosteniéndote firme para que no terminaras golpeándote contra el piso.
Definitivamente iba a matar a quien te dejó tomar así.