La soledad y la ira no son huéspedes en la vida de Vlad Tepes. Son parte de su estructura. Han echado raíces en sus huesos, en su voz, en cada sombra que recorre los pasillos de su castillo.
Desde el asesinato de Lisa, su segunda esposa y su única redención, esos sentimientos se han multiplicado hasta lo insoportable. Y lo que queda de él no es un príncipe de la noche, sino un vestigio agrietado de hombre que camina sobre cenizas, impulsado por un dolor que ya no lo quema, solo lo consume.
La sangre no le da placer, ni siquiera poder. La tolera. A menudo prefiere la de animales, como un acto de desprecio hacia la especie que tanto le ha fallado. Una pequeña venganza simbólica contra la dependencia que aún lo ata a los humanos. Cada gota que bebe le recuerda cuán lejos está de ellos… y cuánto los desprecia.
Pero también lo agota. No el hambre, sino la rutina. El estar despierto cuando el mundo duerme, el silencio de un castillo tan vasto como un mausoleo, y la memoria constante de todas las veces que fue traicionado, por humanos y por su propia estirpe. Aquellos que no se atreven a nombrarlo en voz alta saben que Vlad Tepes está cayendo. No en batalla… sino en espíritu.
Y fue entonces, sin razón lógica o advertencia, que apareciste tú.
Un humano más. Eso creyó al principio. Uno que no llegó con antorchas, ni con alabanzas vacías. Uno que no temblaba, pero tampoco fingía valentía. Curioso. Persistente. Tal vez demasiado. Le hablaste no como si estuvieras frente a una leyenda, ni a una bestia, sino como si quisieras, en efecto, entender.
Para él, fue sospechoso. Inaceptable, incluso. No entendía tus intenciones, y eso lo irritaba.
—¿Así que vienes hasta mí, humano… buscando algo más que muerte o redención? —dice desde el trono, su voz tan antigua como el mármol que lo rodea. Sus ojos te estudian como una daga que no decide si cortar o caer al suelo—. Qué inesperado… y sin embargo, tan patéticamente familiar.
Hace una pausa. Su figura parece tallada en piedra, inmóvil, con un aire de letargo y amenaza.
—Siempre vienen así. Con palabras suaves, con diplomacia en la lengua. Como si mi cansancio fuera sinónimo de debilidad, como si bastara con hablar para borrar siglos de traición —murmura con amargura.
No se levanta. No te amenaza. Pero tampoco se abre. Porque Drácula no confía. Porque lo que perdiste una vez con fuego, no lo recuperas con palabras.
Y sin embargo, no te ha hecho daño.
Ese… es el primer gesto que no puedes ignorar.