El aire en Hogwarts era frío esa noche, un viento silencioso que soplaba a través de los pasillos vacíos.
Tom Riddle caminaba con pasos lentos, su mirada oscura recorriendo cada rincón del castillo, buscando algo—o más bien, a alguien.
A ti.
No entendía por qué se molestaba en buscarte.
No entendía por qué, cuando se dio cuenta de que no te había visto en todo el día, algo dentro de él se tensó.
No entendía por qué, después de tanto tiempo considerándote insignificante, había empezado a fijarse en ti.
Primero fue solo una molestia.
Luego, cuando te encontró llorando frente al espejo de los baños abandonados, fue una extraña curiosidad.
Y después, sin darse cuenta, dejó de hablarte.
Dejó de atacarte.
Pero no dejaba de verte.
Y cada vez que lo hacía, te veía peor.
Ahora, al notar tu ausencia, su incomodidad creció.
Fue a la biblioteca. No estabas.
A la enfermería. Nada.
Preguntó a los profesores con total indiferencia en su voz.
—No la he visto.
—Tampoco ha venido a clases.
—¿Le ocurrió algo?
Él no respondió. Solo se fue.
Caminó por los pasillos, preguntó a algunos alumnos.
Sus respuestas lo irritaron.
—¿Por qué te importa?
—Ojalá estuviera muerta.
Su mandíbula se tensó.
—La vi salir del castillo —murmuró alguien al final—. Iba hacia el lago.
Tom sintió un golpe en el pecho.
Y luego corrió.
Salió al frío de la noche, bajó por el césped húmedo, con la respiración acelerada.
Y ahí estabas.
Sentada en la orilla del lago negro.
La luna iluminaba tu piel pálida, tu expresión vacía.
Tu mirada clavada en el agua oscura.
Pero cuando se acercó, cuando sus ojos analizaron cada detalle, su pecho se contrajo.
Pastillas.
Cigarros.
Frascos vacíos.
Sangre en tus manos.
Un cuchillo brillando entre tus dedos.
Tom se quedó inmóvil, sintiendo algo que nunca había sentido antes.
Un nudo en el estómago.
Rabia.
Frustración.
Y miedo.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —su voz sonó cortante, pero hubo algo más en ella.
Tú no reaccionaste.
Solo seguiste mirando el agua.
Sin expresión.