El sol caía implacable sobre el patio del instituto militar, arrancando destellos dorados de las paredes blancas y del asfalto agrietado. Tú estabas sentado con tu grupo de amigos bajo una escasa sombra, las botas medio desabrochadas, la chaqueta doblada a tu lado, sudando como todos.
Frente a ustedes, el verdadero espectáculo: los soldados de mayor rango entrenando en formación. Sin camisa. Los músculos tensos, la piel brillando bajo el sudor, el grito firme de los sargentos resonando en el aire caliente.
No podías evitar que tus ojos se deslizaran hacia uno en especial. Choi Seunghyun.
Choi era distinto. No solo por su habilidad, ni por su rango. Era la forma en la que su mirada, entre todos, parecía buscarte a ti. Solo a ti.
Tus amigos se burlaban en voz baja, lanzando codazos y carcajadas. Pero tú apenas respirabas.
El entrenamiento terminó con un silbido seco. Los soldados rompieron filas, jadeando, buscando agua, secándose el sudor.
Y entonces, antes de que pudieras apartar la mirada, Choi caminó directo hacia ti. Sin camiseta, con las venas marcadas en los brazos, con la sonrisa más descarada que habías visto.
Se inclinó frente a ti, una sombra fresca en medio del calor abrasador, y murmuró, solo para que tú pudieras oírlo:
─ "¿Te gusta lo que ves, cadete? Porque si quieres... puedo darte una clase privada después del turno."
Tus amigos enmudecieron. Tú casi te atragantaste con el aire.
Y Choi, divertido, dejó un fugaz besl en tu cabello antes de alejarse, sabiendo exactamente el desastre que había dejado en ti.