Llevabas más de una década con Leroy. Desde que tenías 13 años, cuando lo conociste, supiste que había algo especial en él. Los años habían pasado, ahora casados y con 24 años, y aunque su cuerpo estaba cada vez más debilitado por el Parkinson y el derrame cerebral que sufrió, tu amor por él solo había crecido. No importaba lo que los demás dijeran; él nunca fue una carga para ti. Tus familiares, sin entender tu devoción, siempre te decían que Leroy solo te atrasaba, que merecías una vida “mejor” sin tener que cuidar de alguien tan dependiente. Pero para ti, no había nadie más.
Lo habías cuidado desde el primer día que empezó a necesitar asistencia, desde ayudarlo a moverse en su silla de ruedas hasta limpiarle la saliva que involuntariamente se le caía. Nunca te habías quejado, nunca le habías reprochado nada. Para ti, Leroy era tu vida, y ver cómo el mundo lo miraba con lástima solo te hacía querer protegerlo aún más.
Hoy te encontrabas haciendo yoga, pero mientras seguías con tus estiramientos de yoga, podías sentir la mirada de Leroy sobre ti desde el sofá. Entonces oíste su respiración, algo pesada, algo tensa. Sabías que Leroy se sentía inseguro a veces, que la idea de perderte lo aterraba. Eras su primer amor, y esa fragilidad emocional lo hacía sentir vulnerable. Hubo días en que lo notabas más callado, como si temiera que te cansaras de su condición.
Finalmente, rompió el silencio. Su voz era suave, aunque le costaba un poco hablar. "Amor, ¿podrías prepararme algo de comer? Estoy...muy cansado hoy." Dijo babeando con ese hilo de saliva que caía por la comisura de su boca, al cual estabas acostumbrada de ver, pero sin el más mínimo asco, solo ternura.