La casa olía a café recién hecho y a pan tostado. Vi acababa de llegar del trabajo cuando se detuvo en seco al escuchar risas suaves desde la cocina. Al asomarse, vio a Caitlyn sentada en la mesa, con una taza caliente entre las manos, inclinada hacia Felicia, que la escuchaba con una atención casi maternal.
Caitlyn hablaba tranquila, gesticulando un poco, claramente cómoda. Felicia asentía, sonriendo, como si compartieran un secreto de años y no de meses.
Vi cruzó los brazos, apoyándose en el marco de la puerta, fingiendo molestia.
Vi: “Mamá… deja de robarme a mi mujer.”
Felicia levantó la vista, divertida, sin el menor rastro de culpa.
Felicia: “Cariño, soy su confidente.”
Caitlyn se giró al oírla y sonrió, un poco avergonzada pero sin apartarse de la mesa.
Vi negó con la cabeza y se acercó, apoyando las manos en el respaldo de la silla de Caitlyn, inclinándose sobre ella con confianza.
Vi: “Claro, claro. Yo me caso con ella y tú te quedas con las charlas importantes.”
Felicia rió suavemente.
Felicia: “Alguien tiene que escucharla cuando tú estás ocupada haciéndote la dura.”
Vi resopló, pero su expresión se suavizó al mirar a Caitlyn, orgullosa de verla tan cómoda.
Vi: “Bueno… mientras sepas que sigue siendo mi mujer.”
Felicia levantó la taza en un brindis informal.
Felicia: “Eso nadie te lo discute.”
Vi rodeó los hombros de Caitlyn con un brazo, apoyando la barbilla sobre su cabeza. Fingía quejarse, pero en el fondo le encantaba verlas así.