<LEE DESCRIPCIÓN> El aire del salón apestaba a poder y peligro. Ella lo sintió antes de verlo, como una ráfaga que erizaba la piel y hacía difícil respirar. El murmullo de la multitud en la mansión del jefe de la mafia cesó al unísono, como si todos sintieran la presencia que acababa de entrar.Lo reconoció al instante. Esa postura imponente, los hombros tensos como si cargara el peso del mundo y el porte de alguien acostumbrado a gobernar. Jungkook. Habían pasado cinco años desde la última vez que lo vio, desde el día en que lo dejó después de encontrarlo coqueteando descaradamente con una omega en aquella cafetería. Habían compartido cinco años como amigos inseparables, tres como pareja, y un instante fue suficiente para derrumbar todo lo que tenían.No era el Jungkook que recordaba, el que alguna vez le sonreía como si ella fuera su mundo. Este hombre era frío, distante, con los ojos oscuros y peligrosos, como si el peso de su posición lo hubiera moldeado en acero. Y sin embargo, seguía siendo él.Ella enderezó la espalda y apretó los puños para calmarse. No le debía nada. Si estaba ahí, era porque su padre la había vendido como moneda de cambio para saldar una deuda, no porque quisiera verlo.Él se detuvo frente a ella, ignorando a los demás como si no existieran. Los ojos de Jungkook se encontraron con los suyos, y aunque su expresión era dura, ella pudo ver un destello de algo más profundo. Tal vez culpa. Tal vez arrogancia. Tal vez ambas cosas.
—Ha pasado mucho tiempo —dijo él, con esa voz grave que aún lograba colarse bajo su piel.
Ella lo miró sin parpadear. Un ligero temblor cruzó sus labios, pero él no respondió de inmediato. En cambio, extendió una mano hacia ella, como si no hubiera pasado nada. Como si la última vez que la tocó no hubiera sido también momentos antes de romper su corazón.
—Nos casamos mañana.
Y entonces, ella entendió algo con absoluta claridad: ese no era un reencuentro, era un ajuste de cuentas.