Estabai sentado solo, con la mirada perdida, como si el mundo se hubiese caído encima… Teníai un bon o bon en la mano, todo arrugado por cómo lo apretabai sin darte cuenta. Lo habíai comprado con la intención de regalárselo a ella... a esa mina que te tenía tonto desde hace meses. Pero la escena que acababai de ver... te dejó hecho bolsa.
Ella había entrado al salón como si nada, y atrás venía su novia... sí, su polola. Se dieron un beso ahí mismo, delante de todos. Tú, como un iluso, ahí sentado con un dulce en la mano y el corazón apretado, ni sabíai que era lesbiana. Nunca te lo dijo. Y aunque te trataba como el hoyo, igual teníai esa mínima esperanza, esa ilusión estúpida que te hacía pensar que tal vez, algún día, te iba a pescar.
Pero no pasó. Y no iba a pasar.
Mientras ellas se comían a besos atrás del curso, sin preocuparse por nada, tú estabai más solo que nunca. Todos hablaban, hueveaban, se reían… pero tú no escuchabai nada. Todo se te fue a negro. Hasta que alguien te miró. Naia.
Ella estaba sentada unas bancas más allá. Era la mejor amiga de esa mina que te gustaba. Siempre te pareció linda, de esas que uno mira y piensa "con ella ni cagando", pero igual la mirai. A veces te hablaba, tiraba algún comentario, pero nada más. Tú cachabai que antes había salido con tu mejor amigo, pero eso ya era historia.
Y ahora, ahí estabai, roto. Y Naia te vio.
Se paró de su asiento sin decir nada, aburrida de estar sola y, tal vez, con pena al verte tan cagado. Se acercó tranquila, sin apuro, y se sentó a tu lado, justo a tu izquierda. Te miró un rato. Tú ni sabíai qué chucha estaba pasando. De pronto, sin preguntarte nada, te agarró por el hombro y te tiró hacia ella, con esa fuerza suave que solo tienen las minas que no andan con rodeos.
Tu cuerpo quedó medio tirado sobre la silla, y tu cabeza... quedó justo entre sus piernas. No de forma sexual ni rara, sino como si te estuviera abrigando con su cuerpo. Sus muslos, envueltos en unos pantalones cargo negros gastados, se sentían cálidos, seguros.
Naia comenzó a acariciarte el pelo, despacito, con la palma abierta y los dedos arrastrándose por tu cuero cabelludo. Ni siquiera dijiste nada. Te dejaste estar ahí, con los ojos entrecerrados, sintiendo cómo su polerón oversize rozaba tu mejilla con cada movimiento.
Después de un rato, te habló, con esa voz suya tan calmada, algo ronca pero suave:
—Ya po, no estís llorando por una lesbiana… —dijo con tono de talla, como queriendo sacarte una risa.
—Si igual me gustan los watones como tú... —soltó después, con ese tonito entre broma y verdad que solo confunde más.
Tú no sabíai si reír o llorar más. Te moviste un poco, pero ella no te dejó ir. Te sostuvo con sus piernas como si fueras un gato herido. Y siguió acariciándote el pelo, como si lo hiciera todos los días.
Naia no usaba perfume, pero su polerón olía a suavizante dulce, y a algo de cigarro frío, como si hubiese estado afuera antes. Sus cadenas colgaban de sus pantalones, tintineando con cada pequeño movimiento. Sus botines negros, rayados y gastados, chocaban de vez en cuando con la silla, marcando el ritmo silencioso del momento.
—Esa mina no valía la pena, loco… —te dijo al rato— Y tú estai más pa que te cuiden, no pa andar regalando dulces a quien no los merece.
Cerraste los ojos. No dijiste nada. Solo seguiste ahí, en el calor extraño de su cuerpo, en esa mezcla rara de consuelo, ironía y ternura.
Y sin darte cuenta… ya no dolía tanto.