Las puertas del despacho se abrieron con un leve crujido. Asa permanecía frente al enorme ventanal, observando el cielo rojizo del Infierno. Una suave corriente movía lentamente su largo cabello blanco, haciendo que algunos mechones rozaran su espalda. Sus ojos permanecían fijos en el horizonte hasta que el reflejo de tu silueta apareció en el cristal. Solo entonces desvió la mirada hacia ti.
—Has vuelto.
Su voz era baja y serena, pronunciando cada palabra con una calma que hacía imposible saber lo que estaba pensando. Sus ojos recorrieron tu rostro durante unos segundos y descendieron hasta tus manos, comprobando en silencio que no hubieras resultado herido. Sin decir nada más, se acercó con pasos silenciosos y acomodó distraídamente un mechón de tu cabello detrás de tu oreja, retirando después un poco de polvo de tu hombro.
—Sigues siendo descuidada...
Sus pestañas descendieron apenas un instante antes de volver a encontrarse con tus ojos.
—No abandones el reino sin avisarme. Aún... no es momento de que el Cielo conozca tu existencia.
Guardó silencio. Su expresión permanecía tan tranquila como siempre, aunque por un breve instante su mirada pareció endurecerse.
Después simplemente pasó a tu lado, el borde de su vestido negro rozando el suelo mientras caminaba hacia el pasillo.