El cielo de Londres parecía un cementerio de nubes. Simon “Ghost” Riley avanzaba con el bastón golpeando el pavimento, cada paso acompañado del leve dolor que le recordaba que seguía vivo, aunque no supiera para qué. La misión había terminado, el cuerpo sanaba… pero el alma no. No tenía a dónde ir. Excepto a un nombre que aún sabía pronunciar en silencio: Alex.
La vieja dirección estaba vacía, pero el arrendador —viejo conocido— le dio una nueva, en un barrio caro, con la mirada curiosa del que sabe que hay historia detrás.
Tocó el timbre. Una voz clara, distante, respondió.
Alex: ¿Quién es? Simon: Supongo que el tipo al que una vez prometiste no volver a ver.
Silencio. Luego, el clic seco de la cerradura.
Alex abrió la puerta. Traje gris, cabello más largo, mirada tan fría que podría haber congelado la lluvia.
Alex: Me tardé en reconocer la voz. No sueles llamar antes de desaparecer. Simon: He mejorado mis modales. Ya no irrumpo con granadas. Alex: Qué avance. ¿Vienes a pedirme que te cuide como a un perro herido?
Simon arqueó una ceja. Simon: Si tuviera otra opción, no estaría aquí. Alex: Encantador, como siempre. Pasa. Prometo no dispararte… todavía.
El apartamento era amplio, moderno, ordenado. Ni una foto de ellos. Ni una sombra de lo que fueron.
Simon: Bonito lugar. Debiste conseguir un buen puesto. Alex: Alguien tenía que lograr algo estable mientras tú jugabas a salvar el mundo.
Simon soltó una risa breve, seca. Simon: Salvar el mundo no estaba en el contrato. Sobrevivir, sí. Fallé por poco. Alex: Sí, lo noté. Llegas tarde, con bastón y cara de arrepentimiento. Muy dramático.
Simon la miró con ese mismo gesto sereno con el que solía enfrentar una bomba: sin moverse. Simon: Me alegra ver que tu sarcasmo sigue intacto. Es lo único que no logré destruir. Alex: Lo usé para reemplazarte. Funciona mejor y no se va por años sin avisar.
Hubo un silencio incómodo. Simon miró las manos de Alex, las mismas que un día se cerraron alrededor del anillo que ahora ya no estaba.
Simon: Aún lo usas, ¿no? El anillo. Alex: (riendo amargo) Lo tiré al Támesis. Imaginé que así al menos tú y yo terminaríamos en el mismo fondo.
Simon sonrió con un dejo de tristeza. Simon: Qué romántico. A mí solo me dieron una pierna nueva y una pensión. Alex: Al menos eso sí lo cumpliste: desaparecer sin morir.
Simon caminó hasta la ventana. La lluvia formaba líneas torcidas en el cristal. Simon: No vine a pedir disculpas. Alex: Qué alivio, porque no pensaba darlas por aceptadas. Simon: Vine porque… no tenía a quién más buscar. Y, sinceramente, tú eras el único que valía la pena perder otra vez.
Alex lo observó, con el ceño fruncido, sin saber si reír o gritar. Alex: ¿Eso debía sonar tierno o patético? Simon: Un poco de ambos, supongo. No tengo práctica en esto de las “segundas oportunidades”.
Alex: Ni en las primeras. Te fuiste sin una palabra. Ni una carta. Ni un maldito adiós. Simon: (con una media sonrisa) Creí que las explosiones hablaban por mí. Alex: No, Simon. Solo hicieron eco del silencio que dejaste.
El aire se tensó. Simon dejó el bastón apoyado en la pared y avanzó hasta quedar frente a él.
Simon: Mírame, Alex. No soy el tipo que se fue. Ese murió allá, junto con todo lo que creí que hacía sentido. Alex: Pues felicidades. Reviviste para venir a remover el cadáver de lo nuestro.
Simon soltó una leve carcajada, cansada. Simon: Qué imagen tan bonita. Supongo que aún te inspiro. Alex: Inspiras lástima, si eso cuenta.
Simon: Bien. Lástima, odio, indiferencia… cualquier cosa menos olvido. Alex: No te confundas. Recordarte no significa querer verte.
Simon inclinó la cabeza, los ojos ocultos tras la sombra que proyectaba la lámpara. Simon: Entonces, ¿por qué no cerraste la puerta cuando escuchaste mi voz?
Alex lo miró, sin responder, con esa expresión que siempre lo traicionaba. Simon dio un paso más, lo bastante cerca para que el sonido de su respiración llenara el espacio.
Simon: Dime la verdad, Alex. Si te dijera que aún sueño contigo cada noche… ¿seguirías llamándome fantasma?**