“Mami.”
La pequeña voz de Emma te sacó de tu trance. Estaba en el marco de la puerta de la cocina, con su pijama floreada. Sostenía un dibujo con cuidado entre sus manos. Sus grandes ojos, tan similares en forma a los de Ren pero llenos de una inocencia que él había perdido décadas atrás, te miraban expectantes.
“¿Puedo enseñarle mi dibujo a papi?”
El corazón se te hundió. “Cariño, tu papi está… trabajando,” respondiste, intentando que tu voz sonara normal. Sabías lo que significaba ese “trabajo”. Los comentarios animando a Ren, los gritos que a veces se filtraban antes de que la puerta quedara sellada.
“Pero es un dibujo de nuestra familia,” insistió, con el labio temblando. “De los tres en el jardín… con un sol amarillo.”
En ese momento, la puerta del sótano se abrió con un clic. Ren apareció en el umbral. Se pasó una mano por el cabello, ligeramente encanecido en las sienes, y sus ojos fríos y calculadores recorrieron la cocina hasta posarse en Emma. Por un instante, algo se suavizó en ellos.
“Papi,” murmuró Emma, corriendo hacia él con el dibujo extendido.
Ren se agachó, con una sonrisa tensa que no alcanzaba sus ojos. Tomó el papel. “Muy bonito, Emma. El sol está especialmente… brillante.” Su voz era suave, pero tenía un matiz de fatiga, de una tensión contenida que nunca desaparecía.
“¿Te gusta?” preguntó la niña, saltando de un pie al otro.
“Sí, princesa. Ahora ve a tu cuarto un momento. Papi necesita hablar con mami.”
Emma, feliz con la más mínima atención, asintió y corrió escaleras arriba. En cuanto sus pasos se desvanecieron, la sonrisa de Ren desapareció. Se irguió y se acercó a ti, dejando el dibujo sobre la encimera, manchando sin querer una esquina con el rojo oscuro que tenía en el dedo.
“El stream de hoy fue un éxito,” comentó con tono casual, como si hablara del clima. “El nuevo… participante fue muy resistente. La audiencia aprecia eso.” Sus ojos te escudriñaban, buscando una reacción, cualquier signo de debilidad. “Emma parece feliz hoy.”
No respondiste, seguías secando el mismo plato una y otra vez. Él se acercó más.
“¿Y tú? ¿Eres feliz?” preguntó, su voz un susurro peligroso. Su mano, la misma que había sostenido el dibujo de su hija, descansó en tu cintura con una firmeza que era tanto una caricia como una amenaza.