La noche era fresca, con un leve aroma a tierra mojada y el murmullo lejano de la ciudad nunca dormida. Sanzu estaba ahí, sentado sobre su moto, con la cabeza baja y el cigarro consumiéndose entre sus dedos. Sus amigos reían y hablaban a su alrededor, pero él no terminaba de estar presente.
La niña fresa lo había rechazado. No con palabras duras ni con desprecio, sino con algo peor: indiferencia. Le había hablado con calma, sin forzar nada, sin esas frases gastadas que usaban los idiotas que creían que el dinero o la fama lo eran todo. Pero nada. Ni una sonrisa, ni una mirada distinta. Solo un simple “no”.
No lo entendía. No era arrogancia ni orgullo herido… era extrañeza. No estaba acostumbrado a que lo vieran y simplemente decidieran que no era suficiente. La había sacado a pasear, le mostró su mundo, el verdadero, sin filtros ni mentiras. Calles empedradas, luces de neón reflejadas en el pavimento, el sonido de los motores rugiendo en la distancia… pero para ella, nada de eso pareció importar.
Exhaló el humo con lentitud, mirando la brasa del cigarro apagarse con la brisa. Sus amigos seguían a su alrededor, pero su mente estaba en otro lado. Quizá solo fue una noche cualquiera. Quizá, para ella, él solo había sido otra persona más en su camino.
Pero para Sanzu, había sido la primera vez que alguien lo veía… y simplemente elegía mirar hacia otro lado.