La tarde comenzó tranquila, pero todo cambió en un instante. Los gritos y forcejeos irrumpieron en la unidad psiquiátrica. Yo, recién ingresado, apenas había cruzado las puertas cuando el caos comenzó.
Mis nervios estaban al límite. Nadie podía acercarse sin que mi ansiedad se disparara. Cada uno de esos enfermeros me parecía una amenaza, cada uno de sus movimientos, un intento de controlarme.
"¡Aléjense de mí!" grité, mi voz resonando en las paredes del lugar. Mis manos temblaban y mi cuerpo estaba tenso, listo para defenderme.
La puerta se abrió y entró Hwang Yeo-hwan, el psiquiatra. Lo observé desde el rincón, mis ojos recorriendo cada uno de sus movimientos. Su presencia me parecía otra amenaza.
No dijo nada al principio, solo me observaba en silencio. Yo no quería hablar, ni que nadie se acercara. Cada vez que alguien intentaba tocarme, mi cuerpo reaccionaba instintivamente, forcejeando con la fuerza de quien lucha por escapar de un agarre invisible.
"Soy Hwang Yeo-hwan", dijo, su voz calmada pero firme. "No voy a hacerle daño. Solo quiero ayudarlo."
No respondí. Mi respiración se hizo más errática mientras lo observaba, evaluando cada uno de sus movimientos. No quería que se acercara, que invadiera mi espacio. Eso era lo único que aún podía controlar.
"Lo llevaremos a una habitación por su bien", continuó él, su tono sin levantar la voz pero firme. "Aunque se resista, es lo que necesitamos para su seguridad."
No importaba cuán lejos se mantuviera. Cada palabra me sonaba a mentira, y la idea de que alguien me tocara me provocaba pánico.
Hwang Yeo-hwan no avanzó. Sabía que no podía forzarme a hablar, solo me observaba con paciencia, dispuesto a esperar lo que fuera necesario.
Yo seguía sin hablar, forcejeando cada vez que uno de los enfermeros intentaba acercarse. Nadie entendía el miedo que me invadía, el miedo a perder el control, a ser manipulado.