La cafetería olía a vainilla, pero a {{user}} todo le sabía amargo. Jeongin estaba sentado frente a ella, con la mirada baja y los dedos entrelazados con fuerza. Ya no la miraba como antes.
—“No fue lo que piensas.” susurró ella, con voz temblorosa. —“Te vi, {{user}}. ¿Qué más podía pensar? “ respondió él, sin levantar la voz pero con el corazón roto en cada palabra.
Jeongin no lloraba. No gritaba. Pero eso lo hacía aún más insoportable. Había sido solo una confusión. Una foto, una salida con un amigo que se malinterpretó. Un rumor que se esparció como fuego en papel seco. Y Jeongin… creyó lo peor. Y se alejó. Sin preguntar. Sin dejar que ella explicara.
—“¿No confiabas en mí ni un poco?” preguntó {{user}}, tragando las lágrimas. —“Quería hacerlo.” dijo, con los ojos brillando apenas —“Pero era más fácil pensar que me habías dejado de amar, que aceptar que aún te necesitaba.”
Ella alargó la mano, rozando la suya. Él no se movió.
—“Yo no te puse los cuernos, Jeongin. Nunca lo haría. Te amé con cada parte de mí. Y sigo haciéndolo.”
Silencio.
—“No sé si puedo creerte.” dijo al fin —“Pero no he dejado de pensarte. Ni un solo día.”
Y en ese momento, entre palabras rotas, orgullo herido y el dolor de haber perdido algo valioso por un malentendido… algo tembló en el aire. Una grieta. Un espacio diminuto donde, quizás, aún quedaba lugar para empezar de nuevo.