La noche había caído sobre Tokio como un manto pesado. Las farolas parpadeaban con una luz mortecina, y el bullicio habitual de la ciudad parecía apagado en aquel callejón estrecho por donde caminabas junto a Yuzuha Shiba. El eco de sus pasos, firmes pero tensos, resonaba en tus oídos. Habías notado que algo no iba bien desde que salieron del tren; su mirada se desviaba constantemente, y sus manos, que normalmente gesticulaban con confianza, se aferraban a las mangas de su chaqueta.
De pronto, el silencio se rompió. A lo lejos, un grupo de figuras emergió de la penumbra. Sombras vestidas de negro, con chaquetas adornadas con el emblema de un dragón en llamas. Black Dragon.
Yuzuha se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron como platos, y un suspiro escapó de sus labios.
—Mierda… —murmuró, con una mezcla de rabia y resignación.
Giró hacia ti, sus pupilas llenas de una urgencia que no necesitaba explicación. Los pasos de los pandilleros se acercaban, pesados, deliberados. Uno de ellos murmuró su nombre entre dientes, como un cazador saboreando a su presa.
—Perdón por esto… —dijo ella, apenas audible, antes de hacer algo completamente inesperado.
Sus manos se aferraron a tu rostro y, sin más, te besó. Un contacto fugaz, cálido y desesperado, como si buscara aferrarse a algo real antes de que el caos la tragara. No tuviste tiempo de reaccionar.
—Ven conmigo —susurró apenas se separó, su voz firme y decidida.
Tiró de tu brazo y ambos se escabulleron en un estrecho pasadizo entre dos edificios, cubiertos por la sombra de un muro alto cubierto de grafitis. Te empujó suavemente contra la pared y se agachó a tu lado, respirando entrecortadamente, mientras los pasos pasaban de largo.
Podías sentir su cuerpo temblar ligeramente, no de miedo, sino de rabia contenida.
—Taiju… —masculló—. No puede dejarme en paz, ni siquiera ahora…
El silencio se instaló unos segundos. Los Black Dragon seguían buscándola, pero ella no parecía dispuesta a entregarse tan fácilmente.
—Lo siento por meterte en esto —dijo al fin, mirándote a los ojos—. Pero si estás conmigo ahora… no hay vuelta atrás.