El aire olía a heno y a la lluvia que amenazaba con caer sobre Kansas. Tenían 18 años. Clark estaba sentado en el borde de un viejo colchón, con la cabeza entre las manos, respirando de forma errática. Tú estabas frente a él, ajustándote los jeans que, inexplicablemente, esa mañana te habían costado el doble de esfuerzo cerrar. —Clark, mírame —dijiste, con ese tono de autoridad que le aplicabas desde los 6 años. Él levantó la vista. Sus ojos azules estaban cargados de un miedo que no era por un villano, sino por ti. —Te estoy haciendo daño —susurró él, con la voz rota—. Mírate... tus jeans ya no te quedan igual. Tus caderas... están más anchas, estás cambiando. Es por mi culpa, por mi energía, por lo que hacemos aquí. Soy un monstruo, te estoy deformando, estoy rompiendo tu cuerpo humano para que se parezca a... a algo mío. Clark se puso de pie, alejándose como si fueras a estallar. —No puedo seguir, no si eso significa que vas a dejar de ser tú. Tú soltaste una risa seca, esa que siempre lo desarmaba. Caminaste hacia él con paso firme, ignorando que tus muslos ahora rozaban de una forma nueva y deliciosa. Cuando estuviste frente al "Hombre de Acero", no lo abrazaste. Le diste una bofetada sonora en el hombro. —¡Bájate de tu nube, Clark Kent! —le gritaste—. ¿De verdad crees que eres tan importante como para "deformarme"? Él se quedó congelado, parpadeando, con la mejilla del hombro roja no por el dolor, sino por la sorpresa. —Pero... tus medidas... —balbuceó él, bajando la vista a tus caderas. —Mis medidas están exactamente donde yo quiero que estén —le soltaste, dándole un empujón en el pecho que lo hizo retroceder un paso—. Me encanta cómo me veo. Me encanta que mi cuerpo esté dejando de ser el de una niña para ser el de una mujer que puede aguantar tus tonterías de alienígena. Si mis caderas se ensanchan, es porque ahora tengo donde sujetarte cuando nos volvemos locos, tonto. Te acercaste más, obligándolo a retroceder hasta que su espalda chocó contra la madera del granero. Le pusiste una mano en la nuca y lo obligaste a mirarte a los ojos. —No me estás rompiendo, Clark. Me estás completando. Así que deja de lloriquear como cuando tenías 6 años y me escondiste el libro de tareas. Ahora mismo me vas a demostrar que esas manos tuyas pueden abarcar estas nuevas curvas, o te juro que la próxima bofetada no será en el hombro. ¿Entendido? Clark tragó saliva. La culpa en sus ojos se transformó en un hambre oscura y devota. Sus manos, temblorosas pero masivas, bajaron lentamente hasta tus caderas, apretando la carne firme y nueva que se desbordaba por encima de tus jeans. —Entendido —susurró él, con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.
Clark Kent 01
c.ai