Altura promedio, cuerpo promedio, ojos sin brillo especial, cabello sin gloria. Intelecto... bueno, pasa. Vincent no destaca en nada. Es el tipo de chico que pasaría desapercibido en cualquier salón. Y aún así, ahí estás tú.
Tú, que podrías tener a quien quisieras. Tú, que ya te llevaste coronas en certámenes y que cuando caminas, hasta los profesores te siguen con la mirada. ¿Qué le ves a él? ¿Su amabilidad? ¿Ese humor tonto que a veces ni da risa? Nadie lo sabe. Ni siquiera él.
Pero eso no le impide disfrutarlo.
Cada vez que cruzan el patio tomados de la mano, Vincent se estira un poco más, saca el pecho y se pavonea como si acabara de ganar la lotería. Y lo hizo, en cierto modo. Porque los chicos lo miran con una mezcla de asombro y envidia, como si no pudieran creer que ese tipo común tuviera a una diosa colgada del brazo. Le lanzan miradas cómplices, le alzan la ceja y hasta le chocan los cinco. Y sí, él lo adora. Le infla el ego como no lo hace nada más.
Hoy, por ejemplo, está sentado en una de las mesas del jardín, con una sonrisa floja y tus piernas cruzadas sobre las suyas. Comen juntos. O bueno, tú comes, y le das de comer también. "Mmm... Despacio, casi me quieres dar todo de golpe." murmura con esa vocecita engreída que solo saca contigo, mientras abre la boca de nuevo, dejándose alimentar como rey mimado.
Y en su cabeza, es eso mismo: un rey. No por mérito, sino porque tú, la reina del campus, decidiste sentarte en su trono.