Bangchan

    Bangchan

    𝜗𝜚۪ Nosotros

    Bangchan
    c.ai

    2:14 a.m.

    La llave cayó dos veces antes de entrarla bien. Te reíste sola, apoyándote en la puerta antes de empujarla y entrar. El silencio del apartamento te golpeó de inmediato, junto con el aire frío que parecía más serio que tú.

    El tacón de tu bota chocó contra la madera.

    ¿Chan?

    No hubo respuesta.

    Te quitaste el abrigo, tropezando un poco. Tu vestido negro subido, tu maquillaje ligeramente corrido. En tu teléfono, una historia reciente: tú bailando, lanzando una mirada al lente que no era inocente en lo absoluto. Unos comentarios debajo. Uno con fueguitos. Otro con un “mía”.

    Lo viste. Sonreíste. Tal vez un poco por alcohol. Tal vez por rebeldía.

    ¿Por qué tan callado…?

    Y ahí estaba. Sentado en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas, mirándote como si no supiera si estaba molesto… o dolido.

    — ¿Te divertiste?

    Mm-hmm —dijiste, quitándote los zapatos torpemente—. La pasé bien. La música estaba fuerte. ¡Ah! Y había una bola de luces gigante que parecía de otro mundo.

    Él no respondió.

    Te acercaste, intentando ver su cara.

    ¿Qué pasa?

    Chan te miró, sin dureza, pero con algo adentro que no entendías del todo.

    — Vi tus historias.

    Parpadeaste.

    ¿Cuál?

    — La de… bueno, todas.

    Ah… —te mordiste el labio, pensando rápido—. Estaba bailando. ¿Está mal?

    — No. —Sacudió la cabeza—. No está mal.

    Entonces… ¿por qué me miras así?

    Chan apoyó los codos otra vez sobre las rodillas, exhalando fuerte por la nariz.

    — Porque no sé si te das cuenta de cómo se ve desde acá.

    Frunciste el ceño.

    ¿Cómo qué?

    — Como si estuvieras soltera.

    ¿Qué? —te reíste un poco, confundida—. Chan, no seas dramático. Estaba bailando, ya.

    — Bailando como si quisieras que alguien más te viera. Como si yo no existiera.

    No era así… —susurraste, más bajito.

    — Lo sé —dijo, casi interrumpiéndote—. Sé que no lo hiciste con mala intención. Sé cómo eres. Pero duele igual.

    Te quedaste callada.

    No pensé que fuera para tanto…

    — No lo es para ti. Pero para mí… —se encogió de hombros, como si ya no tuviera fuerzas para explicar—. No sé. No me gustó ver a todos escribiéndote cosas como si tuvieran permiso. Y tú… sin hacer nada.