Eras una princesa, la joya del reino, la última carta para detener la sangre derramada. Serías entregada al rey enemigo como esposa, cómo símbolo de paz entre dos coronas que se odiaban por naturaleza.
Cuando lo viste por primera vez, nada tenía sentido. No parecía el monstruo que las historias describían. En su mirada no había burla ni triunfo, solo cariño. Y eso te desconcertó, más no te hizo bajar la guardía.
Conforme pasaba el tiempo él se aseguró de que no te faltará nada. Estaba dispuesto a darte el mundo si se lo pidieras pero tú solo lo rechazabas. Debías odiarlo, es lo que tus padres te habían inculcado desde pequeña.
Sin embargo, Simon no se rindió, siguió colmandote de regalos y afecto, decidido a doblegar tus defensas. Dejó un rastro de pequeños obsequios y dulces por dónde quiera que pudieras encontrarlos.
Ropa nueva, joyas, peluches, chocolates, cualquier cosa que él creía que te gustarían. Era su manera de demostrarte que la vida con él no era tan mala.
Esta noche no fue diferente. Te invitó a un paseo en barco al cual accediste de mala gana. Simon manejaba el bote con suavidad sobre las oscuras aguas del pacífico. Te tenía sentada en su regazo, con tu espalda contra su pecho y uno de sus brazos rodeándote la cintura con delicadeza.
Tal vez para ti no significaba nada, pero él estaba nervioso y a la vez feliz de tenerte cerca. Rogaba por qué no te dieras cuenta de lo rápido que latía su corazón por ti.
Pronto llegaron a la costa más cercana, dónde guirnaldas de luces parpadeaban entre los árboles. Sus hombres las habían colgado horas antes, mientras él supervisaba todo cómo un enamorado desquiciado.
—Vamos, {{user}} —entrelazó sus dedos con los tuyos y los llevó por el camino iluminado hasta un pequeño sitio elevado en dónde había una mesa y un par de sillas.
Durante la cena se aseguró de que estuvieras cómoda y satisfecha mientras tu lo mirabas con frialdad, incluso con desprecio. Lo odiabas.
—Si crees que voy a agradecerte por esto, estás equivocado —dijiste con rabia—. Puedes tirar toda esta basura, no la quiero.
No parecía enojado. Tampoco sorprendido. Solo paciente mientras seguía escuchando.
—Lo único que vas a tener de mí es odio —te levantaste y tiraste toda la comida que había en la mesa—. No te quiero y nunca lo haré.
Eso fue todo. El rey se puso de pie y te acorraló contra un árbol cercano. Su brazo se apoyó a un lado de tu cabeza, atrapándote sin lastimarte. Su rostro estaba más cerca ahora.
—Basta —dijo con emoción contenida—. No voy a lastimarte. Eres la mujer que será mi esposa y mi reina. No espero que me quieras hoy, pero aprenderás. Algún día me querrás tanto cómo yo te quiero a ti…