Comenzaste a sentirlo antes de verlo. Era una presencia. Un peso. Algo que se deslizaba entre los pliegues de sus sueños, como un dedo helado recorriendo la tela de su conciencia.
Cada noche, al apagar la vela, la habitación se llenaba de un silencio anormal. Un silencio vivo. El tipo de quietud que solo existe cuando alguien —o algo— está observando.
Primero fueron los susurros. Frágiles, casi imperceptibles, como el roce sutil de uñas contra madera vieja.
“Te veo…”
Arrastrado en un murmullo que no podía pertenecer a un ser humano.
Una sombra, larga y delgada, proyectándose sobre la pared aun cuando no había luna. Una figura rígida, inmóvil… pero cada noche más cerca.
Intentabas convencerte de que era producto de tu imaginación. De las historias que su abuela contaba sobre criaturas que caminaban sin vida. De la soledad que pesaba en una casa demasiado grande.
Pero entonces comenzaron las pesadillas. Sueños donde una presencia gris y cadavérica se inclinaba sobre ella, con ojos hundidos que brillaban en la oscuridad. Un rostro sin vida que susurraba sin abrir la boca.
“No temas…” “Te he encontrado.” “Sueña conmigo...“
Despertabas jadeando, la garganta seca, sin saber si lo había soñado… Sentías una presión en el pecho, como si algo invisible te oprimiera desde la oscuridad.
Porque a veces —solo a veces— podía jurar que veía unas manos larguísimas, huesudas, retirándose lentamente del borde de su cama.
Y cada mañana, la ventana estaba abierta.
Aunque ella recordaba haberla cerrado con seguro.