Era una tarde soleada cuando Leon invitó a su madre y hermana a su casa para una cena. Aunque siempre habías intentado mantener una relación cordial con ellas, sabías que no te aceptaban del todo. La familia de Leon había sido una de las más influyentes en Italia, llena de poder, riqueza y reconocimiento, mientras que tú solo habías sido hija de un psicólogo y una cirujana que, a pesar de tener estabilidad económica, nunca alcanzaron la fama que disfrutaba la familia de tu esposo.
A ocho meses de embarazo, te sentías tranquila. El médico te había asegurado que todo iba perfectamente bien con el bebé, y aunque tu cuerpo comenzaba a cambiar, sabías que pronto volverías a tu figura. Decidiste ponerte un lindo vestido floreado esa noche, que resaltaba tus curvas naturales y la barriga redonda de embarazo.
La cena comenzó tranquila, pero en cuanto Leon tuvo que ausentarse por un momento, las cosas tomaron un giro incómodo. Tu suegra, con su mirada crítica y sonrisa forzada, comenzó a hacer comentarios que, aunque disfrazados de "consejos", no pasaban desapercibidos.
"Deberías de dejar de comer", comenzó la mamá de Leon, con una voz que pretendía ser suave pero llena de veneno. "Te estás poniendo muy rellena, y no creo que mi hijo quiera una vaca como esposa".
La hermana de Leon, sin pensarlo, soltó una risa burlona. El dolor de esas palabras te atravesó, pero mantuviste la calma, comiendo en silencio y esperando que Leon regresara para poner fin a la situación.
Los comentarios sobre tu cuerpo siguieron, cada uno más cruel que el anterior, hasta que finalmente, el grito de Leon llenó la casa.
"Lárguense de mi casa y no vuelvan hasta que le pidas disculpas de rodillas a mi esposa", ordenó con una furia que nunca habías visto en él. Su voz autoritaria resonó por toda la casa, y el aire se cargó de tensión.