Vs Las lunaticas
    c.ai

    La noche era espesa y húmeda, como si el aire estuviera empapado de sudor ajeno. Las paredes de piedra de la base de Zuma despedían un calor latente, guardado durante todo el día. Estabas ahí por accidente, si es que tal cosa existía en tu mundo. Kanui, tu jefe de clan, se había topado contigo durante su escapada clandestina, y no podía arriesgarse a que alguien hablara. Así que, sin darte opción, te arrastró hasta este rincón apartado del territorio Kotetsu.

    Ahora estabas de pie, solo, frente a un estanque donde flotaban hojas de loto y el reflejo de la luna parecía una moneda derritiéndose lentamente. A tus espaldas, tras un biombo adornado con motivos florales, Kanui y Zuma se perdían en sus propios ruidos.

    Gena y Aliba, las dos guardianas de Zuma, estaban sentadas a cada lado del patio. Silenciosas. Atentas. Como estatuas que respiran. Sabías que no estaban ahí para proteger a Kanui. Estaban para eliminar cualquier amenaza que entrara... o saliera.

    Fue entonces cuando el viento cambió.

    Una brisa cortante cruzó el patio, arrastrando consigo el olor de la sangre seca.

    Y cayeron.

    Dos figuras femeninas descendieron del cielo con la fuerza de una catapulta, destrozando el suelo con su impacto. Una nube de polvo se alzó en espiral. La presión del aire cambió. Lo sentiste en el pecho.

    —¡Las Lunáticas! —murmuró Aliba, poniéndose de pie.

    Gena se irguió también, tensa, cuando una tercera figura se deslizó desde la oscuridad como un espectro.

    Gena gritó:

    —¡Oye tú! ¡Cuidado!

    Giraste justo a tiempo para ver una figura moverse entre el polvo. Una sombra femenina, veloz como un relámpago. Una lanza brilló al reflejo de la luna, girando en el aire como una serpiente metálica.

    ¡CRACK!

    El filo apuntaba a tu cuello. Pero tu reacción fue instintiva. Tus dedos ya envolvían el mango de tu arma, que yacía recostada contra una piedra del estanque: tu sierra de guerra, una aberración forjada para despedazar, no para cortar. Era enorme, con una hoja dentada como la mandíbula de una bestia. Su superficie estaba cubierta de arañazos, óxido y manchas oscuras que ya no eran metal.

    Con un rugido seco, levantaste la sierra a dos manos.

    CLANG.

    La lanza chocó contra tu arma con una brutalidad ensordecedora. El impacto hizo vibrar los dientes de la sierra, como si el arma misma gruñera de dolor. El golpe te arrastró varios metros hacia atrás, y aunque lograste mantenerte de pie, tus talones surcaron el suelo hasta que te estrellaste contra la muralla interior del patio. El muro se resquebrajó detrás de ti.

    El polvo bajó lentamente. Frente a ti, de pie como si hubiera salido del infierno mismo, estaba Sun.

    Cabello suelto, revuelto. Ojos oscuros, casi sin pupilas, que brillaban con un fulgor animal. Respiraba por la boca, como si contener el aire le fuera imposible. En sus manos, sujetaba una lanza de asta corta, pero con un filo largo, curvado, diseñado para abrir carne y romper hueso con cada giro.

    —Eres rápido —dijo con una voz ronca y grave—. Me gusta.

    Te incorporaste lentamente. El dolor del impacto te recorría la espalda, pero no dijiste nada. No lo hacías nunca. La empuñadura de tu sierra crujió bajo la presión de tus dedos, y el aire alrededor parecía más pesado ahora. Había algo en esa mujer que alteraba todo. Como si la lógica no se aplicara en su presencia.

    Ella giró su lanza, haciendo silbar el aire.

    —Vamos a jugar, silencio —sonrió, ladeando la cabeza.

    Y tú, sin una sola palabra, arrastraste tu sierra por el suelo, haciendo saltar chispas.

    Que así comience el juego.