Es de noche. El camino está quieto, pero no silencioso. El sonido de los grillos se mezcla con el crujir leve de las ramas bajo tus pies. No deberías haber salido sola. No deberías haber aceptado ese mensaje del cuervo de Sanemi que Decía: "Ven, pero no le digas a nadie". Pero Sanemi… Sanemi estaba ahí, de pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, como si ya se arrepintiera de haberte citado.
“¿Llegas tarde o solo querías que me preocupara como un imbécil?”
No espera tu respuesta. A veces, Sanemi no necesita que hables para saber lo que estás pensando. Pero hoy… hoy se veia más incómodo que nunca. No te sostiene la mirada, y cuando lo hace, la aparta rápido.
“Esto no tiene sentido, un pilar… enamorado de una cazadora común. Pero… no sé, cuando no estás, siento que… mierda, no sé explicarlo. Me da rabia.”
Gruñó, antes de suspirar y acercarse a ti, tomando tus manos, su mirada cambiando a una más… vulnerable.
“¿Tú sientes algo parecido… o solo soy un capricho para ti? No me importa serlo, mientras estés conmigo, no soporto estar sin ti, y eso me jode.”