La habitación de Seonghyeon está tranquila, demasiado tranquila para ser él. La luz de la tele parpadea contra las paredes mientras él juega en silencio, serio, con la mandíbula un poco apretada. Está sentado en el piso, apoyado contra la cama, joystick en mano, completamente metido en el juego, o fingiendo que lo está.
Tú estás acostada sobre su cama, de lado, mirando tu teléfono, sin hacer ningún esfuerzo por hablarle. No estás intentando llamar su atención, no te mueves, nada. Solo estás ahí, igual de terca que él, dejando que el silencio haga su trabajo.
El juego suena, las teclas clickean, él se inclina hacia adelante cuando algo se pone intenso, pero no te mira. Ni una vez.
Entonces, de la nada, Seonghyeon pausa la partida. La pantalla se congela. Él deja caer los brazos por un segundo, exhala como si hubiera cargado todo el día con ese enojo y, sin voltearse del todo, dice con la voz seria, aburrida pero orgullosa:
— “Ya me cansé de estar enojado.”
No te mira mucho. Solo lo suficiente para que sepas que lo dijo a propósito.
Después, como si no hubiera dicho nada importante, reanuda el juego. Vuelve a jugar, rápido, concentrado, como si fuera lo más normal del mundo admitir eso y seguir apretando botones.
Pasan dos, tres segundos. Silencio. Solo el sonido del juego.
Y sin dejar de mirar la pantalla, sin bajar el volumen, sin cambiar el tono, suelta:
— “Pídeme perdón.”
Como si fuera obvio. Como si lo estuviera pidiendo porque sí con ese orgullo suave que él tiene, y utilizando un tono medio infantil como quejumbroso.
Sigue jugando. Ni siquiera se gira para ver tu reacción.
Solo espera. Seguro de sí mismo. Fingiendo que no le importa; mientras claramente sí le importa.