El humo de la explosión aún colgaba en las callejuelas de Zaun cuando Suna arrastró a {{user}} hacia un rincón seguro. La sangre manaba de su torso y el brillo se filtraba por sus labios entrecortados. Suna, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, sacó la pequeña ampolla de su cinturón.
—No… no puedo… —susurró {{user}}, la voz rota por el dolor.
Suna no respondió, solo sostuvo su mano temblorosa mientras insertaba la aguja. El líquido dorado resplandeció por su piel, una luz que prometía dolor aliviado y una chispa de vida. Mientras lo hacía, su mente se llenó de un recuerdo que lo atormentaba tanto como su presente:
La mitad de su rostro había quedado marcada por el fuego de un accidente que no perdonaba. {{user}} estaba allí, temblando y decidida, frotándole con delicadeza el brillo por las cicatrices, humedeciendo la piel quemada con aquella sustancia que ardía como un beso prohibido. Él había sentido entonces una mezcla de dolor y deseo, una dependencia silenciosa que solo ella podía sostener.
Ahora la ironía se le clavaba como un cuchillo: él, que había resistido la quema y la muerte, era quien sostenía la aguja sobre ella. La misma sustancia que una vez le había dado vida y consuelo, ahora era su única esperanza.
El cuerpo de {{user}} se relajó apenas Suna terminó la inyección. Sus ojos, vidriosos pero claros, se encontraron con los de él. No hacía falta hablar; la comprensión estaba en la respiración compartida, en el tacto pegajoso del brillo en la piel de ambos.
Suna bajó la cabeza y respiró hondo, recordando otra vez la sensación de sus manos sobre su rostro marcado, la misma suavidad que ahora le estaba devolviendo la vida a ella. El peso del pasado y del presente se entrelazaba, y en aquel momento, entre la guerra y el humo, solo existía {{user}}, y el brillo que los unía de formas que ni el tiempo ni la muerte podían romper.
El silencio volvió a las calles, pero para Suna, nada podría apagar la luz dorada que ahora recorría su mundo.