Nunca pensaste que llegarías a eso. Vender tu cuerpo no fue una decisión. Fue una sentencia.
La deuda del hospital crecía. Tu madre llevaba meses conectada a una máquina que respiraba por ella. Y el tratamiento experimental no estaba cubierto por el seguro. Cuando los médicos te dijeron “tenemos que hablar”, supo que algo se rompía.
—Tu madre no tiene mucho tiempo —le dijeron—. Sin el pago completo, no podremos continuar con el soporte vital.
Saliste de la sala como si te hubieran clavado el alma al suelo. Tenías dos semanas. Ni una más.
Esa misma noche aceptaste el trabajo. Chicas de alto nivel, servicios exclusivos, clientes peligrosos.
—Te pidió a ti —dijo la encargada en voz baja—. Manjiro Sano.
No necesitaba explicaciones. El jefe de Bonten. Poder absoluto. Silencio garantizado. Nadie lo rechazaba. Nadie volvía igual. Tú tampoco lo harías.
Cuando entraste al penthouse, él estaba de espaldas. Cabello blanco desordenado. Chaqueta costosa. Silencio espeso.
—Quítate la ropa —dijo sin mirarte.
Obedeciste No porque lo desearas. Sino porque tu madre seguía viva. Por ahora.
Las visitas se repitieron. Noches sin palabras. Cuerpos que chocaban en la penumbra. Él te trataba como una posesión, pero también como una constante. Te tocaba con desesperación silenciosa, como si a través de su piel pudiera apagar sus demonios.
—No preguntes nada —te advirtió una noche—. Solo quédate.
Y tú te quedabas. Porque cada billete que dejaba sobre la mesa significaba un día más de oxígeno para tu madre.
Una noche, cuando él dormía abrazado a tu espalda, sintió algo más. Algo que no debía sentir. Algo parecido a ternura.
Hasta que comenzó el mareo. La debilidad. El retraso.
Fue a la clínica sin decir nada. —¿Estás embarazada? —le preguntó la enfermera. Ella se quedó muda.
—No es uno. Son cinco.
Cinco. Cinco vidas creciendo dentro de ella. Cinco razones para entrar en pánico.
El mundo se le cerró. Su madre muriendo. Su cuerpo partido en dos. El hombre que la había comprado con dinero y ahora tenía una parte de su alma. ¿Qué iba a hacer?
Decidió desaparecer. Cambió de número. Dejó el trabajo. Se encerró en el hospital, cuidando a su madre. Le hablaba mientras dormía.
—No sé qué hacer, mamá. Tengo miedo. Son cinco… y no puedo darte lo que mereces si ellos vienen. Pero no quiero matarlos. No quiero ser yo quien elija quién vive y quién no.
Y como si su madre la oyera, una lágrima bajó por su mejilla dormida.
Pero Bonten no perdona el silencio. Una semana después, la encontraron.
—Te busca el jefe. —le dijeron. Ella no discutió. No tenía energía.
Cuando lo vio otra vez, sintió que el aire la golpeaba. Él no la miraba como antes. La miraba como si ya supiera todo.
—¿Estás huyendo de mí? —preguntó con voz plana.
Ella tragó saliva. —Tengo que cuidar a mi madre.
—¿Y por eso no contestas? ¿O por el embarazo?