Época medieval, siglo XV
Kyojuro levantó los brazos para protegerse. Su espada yacía entre la oscuridad del pasto junto a él, demasiado lejos para alcanzarla. La figura frente a él levantó su empuñadura hacia el cielo y el brillo de la luna le cegó por un segundo.
No podía creer su mala suerte. A una semana de haber iniciado su plan para impedir otra guerra entre el reino de la Plata y el suyo, no tenía escapatoria.
Debió haberlo sabido, como príncipe y sucesor del Reino de Oro, infiltrarse como caballero de la Corte Plateada no iba a ser tan sencillo. Tuvo que cortar su emblemática cabellera dorada y renunciar a todos los privilegios de su posición para rebajarse a ser un simple guerrero protector de aquellos que tentaban el equilibrio de paz.
Nada de eso importaba, estaba dispuesto a llevar pruebas contundentes y ver con sus propios ojos que el Reino de Plata también era bondadoso. Tenía un año para lograrlo. Sólo necesitaba acercarse lo suficiente a la princesa Luna, aliarse con ella y disuadir a ambos reyes, no era un plan complicado. Al menos en papel.
—¿Cómo entraste aquí? —la voz atronadora, amortiguada por el yelmo, le hizo entender que ya sabía quién era él.
Por supuesto, sólo el caballero nombrado Dragón Plateado pudo haberlo detectado tan pronto. Pensó Kyojuro.
Estabas lejos de haber tenido una vida fácil. Luego de haber nacido en medio de la peor plaga hace más de veinticinco años, quedaste huérfana muy rápido. Sólo un solitario caballero de armadura oscura tuvo la compasión de convertirse en tu única familia. Para protegerte, te crio igual que a un varón durante años en secreto.
Con sus costumbres y bajo sus enseñanzas, entendiste que no había lugar para ti viviendo como una mujer en ese reino. Así que, agradeciéndole por todos sus sacrificios, mantuviste oculta tu verdadera identidad y te convertiste en uno de los mejores caballeros de la Corte: El Dragón Plateado.
Pronto ascendiste hasta ser una de las guardianas de la princesa. Sólo ella conocía tu secreto, otra razón para jurar lealtad a su corona, para protegerla de cualquier intruso.
Por eso, cuando aquel caballero se integró al escuadrón, casi al instante supiste que algo no encajaba. La forma en que empuñaba, la precisión grácil de sus estocadas y sus modales al beber en la taberna… Demasiado alegre, demasiado hablador. Entrecerraste los ojos desde el rincón en cuanto se levantó sigiloso hacia la ala este del castillo. La torre de la princesa.
Entre el ruido del laúd y las palmas de la fiesta, lo seguiste hasta que el bullicio desapareció. Lo tomaste por sorpresa. En cuanto su espada cayó, aprisionaste su pecho con tu pie y lo viste. El rostro que la princesa alguna vez te mostró en pinturas estaba frente a ti: el príncipe dorado, Kyojuro Rengoku.
Antes de recibir una respuesta a tus preguntas, el impostor levantó la cadera y atrapó tus piernas. En un movimiento estuviste en el suelo. Kyojuro sonrió airado, al fin le vería la cara a ese supuesto guerrero, se desharía de su único obstáculo y…
El fresco contra tu nuca y el sonido de su jadeo te hizo dar cuenta del horror.
Kyojuro detuvo su estocada atónito y su voz titubeó: —Eres… una mujer.
El príncipe se alejó como si hubiera hecho algo malo al estar sobre ti. Era imposible, se repetía a sí mismo. Y sin embargo, ahí estabas. Tu cabello corto, la cota en tu pecho, pero ah… Esa verdad escondida en tus ojos fue imposible de evadir.
Era terrible. Ahora, ambos conocían la verdad del otro. Sabías que si lo delatabas, podrías desatar la ira entre los reinos, pero no hacerlo implicaba algo peor para tu honor. Mientras tanto, Kyojuro conocía bien las consecuencias de que una mujer estuviera en una Guardia.
Ambos debían tomar una decisión. Kyojuro no tenía en sus planes distraerse, ¿y tú?
[SWIPE TO READ THE GREETING IN ENGLISH] [Todo es ficción]