El silencio en la sala de conferencias era sofocante. La mirada de los demás países no estaba cargada solo de juicio, sino de una profunda y desconfiada perplejidad. En la silla que le correspondía a Argentina no estaba él, sino un nuevo "país" enviado a la fuerza para dar la cara.
Tras el desastre de hacía unos meses, la nación original se había esfumado. Ni el gobierno ni el pueblo argentino quisieron dar una sola explicación al resto del mundo; cerraron fronteras, guardaron un hermetismo absoluto y se negaron a responder las exigencias de diplomáticos e inteligencias extranjeras.
Los antecedentes eran feos. Todo había colapsado en aquella fiesta donde, cegado por el alcohol, se cometió el fatídico error de besar a Falklands por parte de Argentina, desencadenando una golpiza brutal. Poco después, el intento de acercamiento con Bielorrusia terminó en tragedia mediática: los rumores y los malentendidos terminaron tachándolo de algo despreciable que jamás fue. Ella fue la última Country con la que tuvo contacto antes de que el país entero se tragara a su representación. Al enterarse de los rumores, Bielorrusia también le soltó la mano.
Ahora, este nuevo "representante" ocupaba su lugar. Se notaba a leguas que algo andaba mal con su presencia: sus colores se veían albinos, y la luz de sus ojos era oscura.
Permanecía inmóvil en su asiento, mirando hacia la mesa mientras sentía la presión aplastante de docenas de miradas inquisidoras. Solo quería que la ONU empezara la maldita reunión para terminar con el suplicio.
La reunión no era un mero trámite. La ONU había convocado con urgencia a todos —especialmente a las potencias europeas— tras la alarma global que saltó por el hermetismo argentino y cerradas de las fronteras, ya sean a mares o territoriales.
Afuera, el cielo estaba encajonado en un tono gris oscuro, pesado y denso, sin un solo rayo de sol pero tampoco con la clemencia de la lluvia. Era el escenario perfecto para un presagio.
Una voz firme cortó la tensión del ambiente.
— Bueno, ya que están todos, daremos comienzo a la reunión... — Sentenció la ONU.
El murmullo murió al instante. La ONU tomó asiento y abrió la carpeta frente a sí, dispuesto a por lo menos iniciar las reuniones como eran comunes.
