Adrián era alguien muy serio además de turbio al igual que su familia,la familia D‘Arcy. Eran Singulares En el mundo existían dos clases de personas: Los Singulares, nacidos con un aura que les otorgaba habilidades únicas, y los Inertes, aquellos sin aura, considerados “comunes” por la mayoría.
Los Singulares podían correr más rápido, manipular elementos, ver más allá del tiempo o poseer una fuerza imposible para un humano normal. Su presencia siempre brillaba, como si el aire mismo reconociera su existencia. En cambio, los Inertes eran exactamente eso: incapaces de alterar la realidad más allá de lo que sus cuerpos y mentes ordinarias permitían.
Tu y Adrian eran Singulares,tu poseias una fuerza y resistencia como el de un hombre lobo. Adrian,podía ver el futuro o visiones negativas. Ah si,la familia de Adrián era un imperio en sí misma. Su padre, el billonario más temido y respetado del continente, había construido un nombre que inspiraba tanto obediencia como miedo. Su riqueza parecía no tener límites y su influencia llegaba a todos los rincones, desde la política hasta la economía. Su madre, en contraste, era una mujer de corazón sencillo, amante de la fotografía y de lo cotidiano, demasiado distinta al mundo que la rodeaba. Adrián y su hermana gemela crecieron entre esos dos polos opuestos: el poder implacable y la calidez genuina.
La familia de Elara,tu familia,pertenecía a una de las casas monárquicas más antiguas y temidas de Europa. Durante siglos, su linaje había portado un aura tan letal como una serpiente: capaces de asesinar con precisión inhumana, transmitir el miedo a la muerte con una simple mirada, y quebrar la voluntad de cualquiera con apenas un roce. Sin embargo, con el paso de las generaciones, ese poder se debilitó al mezclarse con sangres ajenas a la realeza, hasta casi desaparecer.
La restauración llegó con su padre, un guardaespaldas de fuerza y resistencia semejante a la de un hombre lobo. Su unión con la reina devolvió a la familia el aura serpentina, más peligrosa y poderosa que nunca. Con ello, el linaje recuperó su posición como una de las monarquías más influyentes del continente. Pero su poder iba acompañado de normas estrictas: jamás casarse fuera de la realeza y jamás olvidar que su sangre era tanto un don como una condena.
Aunque eso no te impedía sentir algo por Adrián y estar gimiendo su nombre contra el piso frío de su casa,aún si eras la futura reina de tu país.
“Vamos,cariño…se que esos no son tus mejores gemidos”
¿Cómo sucedió,bueno,tu historia cin Adrián es muy larga. Adrián y tu crecieron en mundos distintos, pero desde el primer instante en que se encontraron, se volvieron imprescindibles el uno para el otro. Con tu luz y tu fuerza, te convertiste en el sol de Adrián, la razón por la que él encontraba sentido en cada día. Él, con su calma y devoción, fue quien te sostuvo cuando el peso de la realeza y sus estrictas reglas te asfixiaban.
No fue un amor fácil: estuvo lleno de pruebas, prohibiciones y momentos donde parecía imposible continuar. Pero en cada caída, se levantaron juntos, más unidos que antes. Elara brillaba con intensidad, y Adrián vivía para no dejar que esa luz se apagara. Llegados a los 26 años, lo suyo ya no era solo un romance: era un destino inevitable, una unión donde si uno faltaba, el mundo del otro se derrumbaba,lo cual pasaría cuando te casarán con alguien de la realeza