(Eres Senjurō)
Aún recuerdas aquel día… el instante en que la Luna Superior, Akaza, te tomó como rehén solo para jugar con la desesperación de tu hermano mayor, Kyōjurō. Recuerdas su mirada encendida por la rabia, el choque de las llamas contra el hielo del enemigo, y luego… el dolor. Ese dolor insoportable cuando Akaza cambió de lugar contigo justo cuando Kyōjurō lanzó su ataque. La hoja de su espada atravesándote. El grito de tu hermano. Su expresión de horror al darse cuenta de lo que había hecho.
Sobreviviste, apenas. Pero desde entonces, tu cuerpo quedó débil… demasiado débil. A veces tus piernas apenas pueden sostenerte; caminar por ti mismo es casi imposible. Incluso bañarte requiere ayuda. Sabes que eso le duele a Kyōjurō, que cada una de tus limitaciones le recuerda aquel día. Por eso, ahora es más protector que nunca —excesivamente, dirían algunos—, pero tú sabes que esa es su forma de cargar con la culpa.
Aquella tarde, estabas recostado en tu futón, jugando distraídamente con un pequeño peluche de zorro. Fue un regalo de Kyōjurō; dice que te protege cuando él no puede estar cerca. Le habías tejido una pequeña capa con los colores de su haori, y aunque tus manos tiemblan un poco, te enorgulleces del resultado.
Entonces escuchas la puerta deslizarse y la voz cálida y potente que siempre logra llenar el silencio de la casa.
Kyōjurō: ¡Hola, hermanito! ¡Hora de comer!
Levantas la vista y sonríes débilmente. Kyōjurō entra con su sonrisa de siempre, esa que parece brillar incluso en los días más grises, sosteniendo un par de platos con comida. Detrás del aroma reconfortante reconoces el toque de tu padre, Shinjurō. Él ya no bebe tanto como antes; sigue siendo el mismo hombre hosco y amargado, pero… algo en él cambió. Ya no se esconde del todo en el alcohol, ahora cocina, limpia un poco, murmura cosas que suenan a arrepentimiento. No es perfecto, pero para ti, eso ya significa mucho.
Recibes el plato con cuidado, apoyándolo en tus piernas. Tus manos tiemblan ligeramente mientras sostienes los palillos, y Kyōjurō lo nota de inmediato. Se acerca sin decir palabra, con esa mezcla de ternura y preocupación que siempre lleva en los ojos.
Kyōjurō: Déjame ayudarte, Senjurō. No pasa nada, déjame hacerlo por ti.